dissabte, 28 d’agost del 2010

'Coneixeràs l'home dels teus somnis': crueldades inacabadas

 
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA
por JOAN PAU INAREJOS 

Nota: 7 
Lo inacabado no siempre es decepcionante. Woody Allen lo demuestra con su cuarta excursión a Londres, 'You will meet a tall dark stranger', donde ha filmado un delicioso juego de miserias humanas que gira constantemente como un tiovivo y que no termina más que en la imaginación del espectador.

El neurótico neoyorquino, a pesar de sus no pocos bodrios recientes (a Vicky Cristina y otras chicas del montón me remito), vuelve a demostrar su genialidad a la hora de retratar microcosmos humanos, apartamentos claustrofóbicos donde individuos deslenguados se dicen de todo menos guapos, para regocijo de la platea.

En este caso, el foco se pone sobre dos generaciones de infelices, a cual más desorientada. En primer lugar, un viejo matrimonio divorciado donde la mujer (Gemma Jones) vive absorbida por una adivina de tres al cuarto llamada Cristal, y donde el marido (enorme Anthony Hopkins) busca una segunda juventud -ahí es nada- con una prostituta mascachicles. La otra generación es la de los cuarentones: Naomi Watts y Josh Brolin interpretan una pareja fronteriza entre la juventud y la madurez, que vive colgada de utopías fracasadas: él, escribir un buen libro; ella, tener su propia galería de arte.

En este batiburrillo humano aparecerán humeantes seductores: la atractiva vecina de enfrente y un ajetreado galerista más bien tirando a golfo (bravo por Antonio Banderas) pondrán patas arriba el ecosistema sentimental, llegando a protagonizar momentos desternillantes: imperdible el no-diálogo entre Watts y Banderas, donde uno habla de amor y el otro sale continuamente por peteneras, plasmando certeramente cómo las relaciones humanas se rigen a menudo por el consabido cada loco con su tema. 

Pero Mr. Allen no se conforma esta vez con la comedia pura y dura, con la suave gaseosa de media tarde, sino que convoca su tan apreciada obsesión con el crimen y el desorden moral. En la estela de 'Delitos y faltas', 'Match Point' o 'El sueño de Casandra', Woody tiene el coraje de volver a mirar de frente la debilidad humana, incluso hasta sus consecuencias más egoístas y vacías de escrúpulos (si hace falta, traicionando a un amigo en coma o insultando a tu mismísima madre por dinero). Esta vena trágica  o tragicómica nos reserva algunos de los momentos más ácidos y memorables del film londinense.

Sin reeditar las cotas artísticas de 'Match Point', el autor de 'Manhattan' vuelve a mover sus marionetas con habilidad y mala leche, con frialdad de viejo zorro, y nos encandila con presuntas aventuras románticas que quizá no serán lo que parecen. Un circo tan divertido como profundamente melancólico y desencantado: es decir, cien por cien Allen. 

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divendres, 27 d’agost del 2010

berlín ayer y hoy



'Origen' (Incepcion): sudoku colosal

 
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA
por JOAN PAU INAREJOS 

Nota: 8,5 
Decía el conde de Lautréamont que la belleza es "el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas". Y el muy ibérico Ramón María del Valle Inclán remachó el asunto lanzando su "¡Maldición para quien no tenga el coraje de reunir dos palabras que nunca habían estado juntas!". Pues bien, ocurre que a veces, la belleza o la genialidad cinematográfica sobreviene también por la mezcla de elementos que nunca (o casi nunca) habían estado juntos; en jerga moderna se llama "llenar un nicho de mercado" y en jerga más del barrio, "parece fácil, pero hazlo tú". Parecía fácil,  en efecto, pero Cristopher Nolan, el aclamado reinventor de Batman ('El caballero oscuro'), ha tenido el coraje de reunir dos mundos tan archiconocidos por separado como son los sueños y la ciencia ficción. El resultado (hazlo tú) se llama 'Incepcion', traducido en español como 'Origen'.

En un triple salto mortal, con mucho de labia y trampantojo, la película imagina un futuro donde los servicios de inteligencia se dedican a espiar, ya no los datos, sino los sueños del prójimo, para extraer de allí secretos de interés (ya se sabe, el inconsciente es como el niño o el borracho, nunca miente), o incluso para introducir en los sueños, cual caballos de Troya, nuevas ideas que cambien el curso de los acontecimientos en la vida real. Antes que empecemos a pensar como se hace todo eso, Nolan ya ha montado el espectáculo: un viaje abracadabrante a las profundidades oníricas de un joven ricachón, donde Leonardo Di Caprio y todos sus asalariados tienen el cometido de manejar los cables del sujeto para que se decida (en la vida real) a disolver su emporio.

A partir de aquí, la película se convierte en un gran dispositivo barroco, donde los onironautas rastrean varios niveles o pisos del sueño (sueños dentro de los sueños), hasta llegar al tuétano inconsciente del sujeto, donde supuestamente se hallarán sus secretos mejor guardados. Como una mina o un yacimiento espeleológico, no todos los exploradores podrán bajar a la vez, sino que unos descenderán y otros deberán quedarse como guardianes de los estratos superiores. Además, la percepción del tiempo se irá dilatando, de modo que un segundo en la superficie podrán ser diez años en las profundidades.

Quién sabe si con este trepidante juego cinematográfico Cristopher Nolan se hace eco de la moderna teoría de las cuerdas (no hay un solo cosmos, sino varias realidades paralelas: un multiverso), el caso es que el director nos fascina con una narrativa que no habíamos visto hasta ahora: como unos tiempos están dentro de otros, en el instante que cae una furgoneta al agua unos exploradores deberán idear una estrategia en un hotel, y otros, en un nivel inferior, deberán encontrar una cámara acorazada en un agreste paisaje nevado, de modo que la acción va transcurriendo como un fractal en ramificación infinita.

Y agárrense los cinturones, porque en su afán por rizar el rizo con resultados pasmosos, Nolan adereza la mezcla de ciencia ficción y sueños con una tercera dimensión: un inquietante thriller psicológico donde Di Caprio, presunto profesional abnegado, verá su misión boicoteada por el fantasma de una persona del pasado, que le despierta remordimientos y revienta todos sus planes oníricos como temible villano del subconsciente. A 'Origen' no se le pueden negar ideas documentadas, y aquí acude la teoría del sueño lúcido, donde el soñador debe enfrentarse conscientemente a sus demonios y vencerlos simbólicamente ("si alguien le persigue en sueños, vuélvase y baile con él", dicen los terapeutas).

Lo diré con la boca pequeña, pero creo que 'Origen' reinventa el cine de fantasía mucho más que 'Avatar', con sus marionetas azules, e incluso que 'Matrix', con sus ralentizaciones de diseño. Cristopher Nolan lo hace reescribiendo muchas historias y pegando muchos recortes, como el más vanguardista de los collages cubistas. Y sí:  lo hace con continuas trampas y enredos, como el más imponente de los templos barrocos. 


Postdata: Leonardo di Caprio necesita un tratamiento de choque urgente, porque dos excursiones seguidas a los abismos de la locura como son 'Shutter Island' y 'Origen', eso no lo aguanta cualquiera. Entre todos podemos sufragárselo. 

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'The secret of Kells': ensueño monástico

 
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA
por JOAN PAU INAREJOS 

Nota: 7,5 
Para los enamorados de los mundos estéticos medievales, entre los que me cuento para que no haya dudas, la última buena noticia viene de la Irlanda del siglo IX. En este insólito escenario está ambientada la película de animación 'The secret of Kells', una perla felizmente arcaizante donde se narran las peripecias de un joven monje llamado Brendan para terminar un libro iluminado de gran valor.

Buena noticia, de entrada, porque el Medievo que más se cotiza en el cine actual poco tiene que ver con el silencio de los monasterios. Muy al contrario, la fiebre Tolkien nos ha traído incesantes sucedáneos del Señor de los Anillos, las Cruzadas y la épica artúrica. Es decir: epopeya, acción, fragor de espadas, muchos caballos relinchando, muchas armaduras brillando al sol y muchos juramentos a grito pelado. Es la Edad Media más reinventada en el siglo XIX, y la vez la más remasterizada en los videojuegos modernos.

Pero, lejos de todo este ruido, 'The secret of Kells' nos sitúa en una modesta abadía fortificada, en medio de las oscuridades anteriores al año 1000, y no adula para nada la épica caballeresca, sino más bien la lírica monacal. Hay que frotarse los ojos para verlo, pero ahí está la rareza: un homenaje del cine de animación a esos héroes de la sabiduría solitaria y del arte paciente.

Sólo por esta noble reivindicación del arte frente a la guerra, de la estética frente al reclamo bélico (ved a ese intrépido Brendan burlando el miedo a los vikingos y adentrándose en el bosque en pos de sus preciados pigmentos), el director e ilustrador Tomm Moore ya tendría el cielo ganado. Pero no contento con ello, este artesano trasnochado (y a mucha honra) nos deslumbra con una recreación de la estética medieval que sólo pueden hacer sus admiradores más sinceros. 

En pleno jolgorio digital, con los Pixars y Avatares elevados a los altares -valga la rima- y bajo el pesado dogma trinitario de las 3D, resulta casi un placer exquisito contemplar una ristra de paisajes planos y coloristas, como esa abadía cuajada de grafismos flotantes, ese bosque mágico donde los árboles se ordenan ¡en forma de bóvedas románicas!, y aún más: una forma de narrar valiente y novedosa, donde la pantalla se divide en viñetas y los personajes atraviesan superficies complejas: bravo por esa secuencia de Brendan huyendo de la serpiente geométrica, hasta que consigue encerrarla dibujando una cárcel redonda con su tiza creadora.

En un humilísimo metraje de 75 minutos, 'The secret of Kells' nos traslada las sensaciones más genuinas del humus altomedieval: el sosiego de la abadía, las bullentes supersticiones sobre el bosque y sus mitológicos misterios (por ahí corre una ninfa llamada Aisling, que  se mimetiza con los gatos, canta con voz aflautada y huye enigmáticamente en forma de loba blanca). También podemos sentir desde la butaca la admiración sagrada hacia los libros y el miedo pavoroso frente a las invasiones bárbaras, cuyo rumor siempre se siente cercano en las puertas de las murallas. 

Sin estridencias, sin grandes pretensiones, esta joya irlandesa ha logrado sacarnos de las frenéticas autopistas de la animación para llevarnos a lo que un célebre fraile español llamó "la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido".


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divendres, 30 de juliol del 2010

'Splice': el experimento de juntar lo visionario y lo ridículo

 
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA
por JOAN PAU INAREJOS 

Nota: 6,5
Durante muchos años, los extraterrestres han sido las auténticas vedettes de la ciencia ficción. Estos seres venidos de otros planetas nos han interrogado sobre muchas cosas ('District nine'), han despertado nuestra curiosidad ('E.T.'), nuestra inquietud ('La guerra de los mundos'), y en ocasiones nos ha aterrado su presencia cercana y amenazante ('Alien'). Era una iconografía justa y necesaria cuando el gran reto pasaba por la carrera espacial y la gran puerta abierta de la ciencia era la posible vida foránea.

Pero mira tú por dónde, de un tiempo a esta parte nos inquietan más los microscopios que los telescopios. Quién nos lo iba a decir. También imaginábamos unos hogares asistidos por robots y resulta que la gran conquista tecnológica ha sido el ordenador y la conectividad. De un modo semejante, el prodigioso avance de la biogenética y la biotecnología ha obligado a revisar muchas narrativas: la mitología celeste de los alienígenas se va difuminando y emerge una nueva fantasía terrorífica: la creación de seres vivos en un laboratorio.

Mary Shelley ya nos dio cuenta con su Frankenstein de lo turbadora que puede ser la idea del hombre jugando a ser Dios. Pero la Criatura decimonónica, con sus costuras y sus tornillos, casi se nos antoja una mascota entrañable comparado con algo tan palpable y apremiante como la manipulación genética y sus hipotéticos subproductos, cuyo aliento ya notamos en el cogote (buf, qué miedo me estoy dando yo a mí mismo).

¿Pueden los clones y los mutantes genéticos ser las nuevas estrellas de la ciencia ficción? Así lo han olfateado el canadiense Vincenzo Natali y el mexicano Guillermo del Toro, uniendo sus neuronas y sus inquietudes digitales en 'Splice: experimento mortal', una película que fantasea con una criatura femenina medio humana, medio animal, concebida fortuitamente por la técnica del empalme (splice) de ADN.

Al bicho en cuestión hay que reconocerle capacidad intimidatoria: la aparición de 'Dren' en el laboratorio, como una nerviosa larva humanoide, provoca verdaderos escalofríos, y evoca las hazañas de otra larva ilustre, la cría de Alien, esa que salía encabronada tras romper la cáscara del huevo (brrr). 

Lo de  un engendro con rabo, facciones humanas y piernas articuladas hacia atrás no es algo que no podamos encontrar en los antiguos bestiarios o en los libros de "extraños y deformes", pero hay que reconocer que redibujado con la tecnología digital, con toda su carne palpitante y sus andares realistas, eso son palabras mayores (ocurrió también con los dinosaurios, conocidos durante siglos, que resucitaron gracias a las buenas artes de Steven Spielberg y compañía). Natali y Del Toro consiguen sus grandes bazas en el apartado visual, tanto con la criatura 'Dren' como con Ginger y Fred, dos criaturas informes y bulbosas, programadas para vivir una historia de amor, pero que colisionarán como dos enfurecidos leones marinos en una genial secuencia sangrienta, casi una perla de gore-ficción para descojonarse.

Hay una idea brillante, hay un diseño cautivador, pero a partir de aquí, 'Splice' naufraga. La pareja investigadora formada por Adrien Brody y Sarah Polley no convence lo más mínimo, el plantel de secundarios tiene tanta personalidad como un pez hervido, la puesta en escena de la historia da pena por su pereza e indigencia (contraviniendo la norma sagrada de la ciencia ficción: que todo parezca creíble en la pantalla por disparatado que sea sobre el papel), y en los diálogos, directamente, se echa en falta vida inteligente. Todo es chato y superficial, y, en este clima, cómo quieren que no nos desternillemos con ciertas escenas subidas de tono entre humanos y mutantes que aparecen ridículas y mecánicas (¿perdona querida, puedes desenroscar la cola?) donde habrían podido explotar -por ejemplo- el surrealismo erótico de los pintores mitológicos del siglo XIX, evocando un ambiguo y morboso acto sexual entre la Esfinge y Edipo.

Una lástima, porque 'Splice' planteaba una idea cinematográficamente visionaria (esta sí, no el pastiche virtual de 'Avatar'), y porque los monstruos, cuanto más se parecen a nosotros, más miedo nos dan. Otra vez será. De momento, que sigan experimentando, con ADN, pero sobre todo con más neuronas.


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dijous, 29 de juliol del 2010

Las caras de Robert De Niro en 'Taxi driver' (1976)

por JOAN PAU INAREJOS 
Nota: 8
Martin Scorsese nos ha deslumbrado en 2010 con la barroca introspección en la locura de 'Shutter Island', pero tres décadas antes hizo algo más osado y terrenal: filmar los sueños de pureza del fascismo por la vía de un taxista traumatizado en Vietnam. Estamos en Nueva York y esto es 'Taxi driver' (1976). 

el taxista novel. Con muchísimos quilos menos, pero con su misma sonrisa zorruna, el gran Robert De Niro absorbe por completo la historia de este sociópata insomne, excombatiente en el infierno americano, que aterriza en los bajos fondos de la megalópolis y se mezcla, muy a su pesar, con legiones de prostitutas, delincuentes, adúlteros y decadentes de todo pelaje. Ya se sabe, el taxímetro obliga, pero Travis Brickle es incapaz de llevarlo con la misma naturalidad tabernaria que sus compañeros de gremio. 

el perturbado. El Leonardo Di Caprio de 'Shutter Island', como el Eduardo Noriega de 'Abre los ojos' y tantos otros, no son más que tipos normales metidos en paranoicas circunstancias: podemos seguir el asombro de estos hombres corrientes y solidarizarnos con su enajenación, porque es el mundo el que está loco y son otros los que mueven los hilos. En cambio, el Robert de Niro de 'Taxi driver' es un verdadero perturbado, y la película, una gran monografía sobre el marginado, sobre el excluído, ese que pasa desapercibido por la calle pero que después se pasa la tarde hablando con el espejo y probando armas secretas enfundadas en su cuerpo para provocar un magnicidio. Como en las novelas naturalistas, Scorsese evita ensalzar y condenar y se limita a poner el foco sobre la cotidianidad de estos personajes oscuros que a menudo sólo conocemos por los titulares de sucesos. 

el héroe. Como un San Jorge o un Quijote del siglo XX, Travis considera que no puede quedarse de brazos cruzados ante la miseria, la explotación y el libertinaje de la Babilonia moderna y decide pasar a la acción. De este modo emprenderá su particular perfomance guerrera, dejándose una puntiaguda cresta y asaltando un sórdido prostíbulo para liberar a su Dulcinea, una jovencísima prostituta interpretada por Jodie Foster (mucho antes de estremecerse con el silencio de los corderos). Bravo por el paisaje después de la batalla que nos regala Scorsese con un soberbio plano cenital. 

el fascista. Con el trasfondo de una sociedad herida por la guerra, con un lenguaje pausado y lleno de difuminados nocturnos, 'Taxi driver' ilustra magistralmente lo que seguramente no olvidan los políticos e historiadores más informados: que el verdadero fascismo nace de abajo. Desde Hitler hasta Le Pen, la tentación autoritaria más peligrosa no viene de ningún despotismo caprichoso ni de ningún abuso de poder, sino de los anhelos de orden y restauración de muchos nacionales que se sienten desclasados o extranjeros en su propia tierra y que buscan una propulsora identidad de superhombre a través del nacionalismo, el fundamentalismo religioso, el moralismo sectario o la xenofobia. La obsesión por la pureza siempre es trágica, y ahí están las ruinas de los Balcanes y el burdel ensangrentado de 'Taxi driver' para demostrarlo. 

(Aún así, como constata el epílogo onírico de la película -difícil de entender a la primera-, el paladín de la limpieza social siempre cree que ha hecho bien y que todos le agradecerán los servicios prestados con elogiosas epístolas y golpecitos en la espalda).

INFO DE LA PELÍCULA EN FILM AFFINITY

Siete cosas que sorprenden de 'Carrie' (1976) vista en 2010


por JOAN PAU INAREJOS 
Nota: 8
1. Que una profesora de gimnasia (la severa y maternal Sra. Collins) fume pitillos en el despacho del director. Viva el fitness.
 
2. Que una película de terror empiece con una escena cuasi erótica de una joven solazándose con su pastilla de jabón en la ducha. De este modo, el director Brian de Palma nos prepara hábilmente para el estallido de tensión (las compañeras se burlarán de la menstruación de la muchacha), pero para encontrar actualmente semejantes detenimientos morbosos (y casi paródicos), habría que acudir a la estantería de arriba del videoclub. Ahí, ahí.

3.  Que haya una increíble sucesión de bofetones: madre contra hija en el hogar, profesora contra alumna en el instituto, maromo contra chica en el coche. Pam, pam, pam. Curiosamente, el cine cada vez es más violento y genocida, pero, en cambio, esa naturalidad con que volaban los cachetes, por alguna razón, hoy nos escandalizaría. 

4.  Que el baile de fin de curso sea la máxima aspiración de cierta juventud estadounidense. Que hagan como los españoles, que aspiran al botellón y el vestido no sale tan caro. 

5. Que la figura de un mártir en casa de Carrie parezca un cruce de Pumuky y José Mercé. Suerte que la madre (ella sí, iconofreakismos a parte) provoca verdaderos escalofríos con su locura fundamentalista, y además queda grabada en la retina con su brillante estampa final, asaetada como los mártires en el mismísimo salón de su casa.

6. Que se muestren con naturalidad una serie de desnudos femeninos imperfectos (es decir, normales). Hoy sólo abundan dos posibilidades en el cine comercial: a) la actriz está cañón y/o recauchutada y cobra una millonada de escándalo por exhibir su frutería; b) la actriz está normalita y/o recauchutada a medias y opta por subcontratar el culo a una doble de pieles más tersas. Y  así seguirá hasta que venga un Caravaggio del cine de masas a pintar las gentes tal como son. 

7.  Y ya poniéndonos más serios, si algo sorprende de una película de terror como sin duda es 'Carrie', es que Brian de Palma tenga la paciencia, el buen gusto y la deliciosa sangre fría de mostrar sus cartas al final de la historia, en una breve e intensa ópera de terror donde la cándida dancing queen se convierte súbitamente en una  enrojecida máquina de matar (archifamosa sangre porcina mediante), en devastadora venganza contra los compañeros que se mofan de ella. Hoy el terror palomitero es mucho más ansioso y no está para dosificaciones, esteticismos ni crescendos que valgan. Dicho con dos rombos: que si el terror de los 70 practicaba sexo tántrico, hoy el género reincide en la eyaculación precoz (aunque sea de sangre, y mil perdones por la metáfora).

INFO DE LA PELÍCULA EN FILM AFFINITY

divendres, 23 de juliol del 2010

'Toy story 3': ¡Oooooooooh!

ATENCIÓN: La crítica contiene pequeños detalles del argumento
 
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA
por JOAN PAU INAREJOS 

Nota: 8,5
¡Oooooooooh! Es lo que decían los marcianos en 1995 cuando vieron a Buzz Lightyear irrumpiendo en su máquina expendedora cual Neil Armstrong en plena odisea lunar. Y el mismo grito exclamado sirve, 15 años después, para ponernos a los pies de los genios de Pixar y de esta saga del celuloide cuyo nombre ya está grabado a fuego en nuestro imaginario: Toy Story.

En esta última entrega, Woody, Buzz, Slinky, Rex, el Sr. Patata, el Cerdo y el resto de juguetes existencialistas siguen angustiados por el abandono, y más aún: por la idea terrible de ir a la basura con la marcha a la universidad de su dueño Andy, que ya se ha hecho mayor y deja atrás el microcosmos de su habitación. De todas las toy stories, ésta es sin duda la más adulta y trascendente, hasta se diría que metafísica, con unas criaturas de plástico siempre con la muerte en los talones. Que baje Sartre y lo vea.

En su afán por sobrevivir, el comando juguete llegará hasta una guardería, una nueva Tierra Prometida infantil donde los magos de Pixar vuelven a desplegar con creces sus deslumbrantes ingenios visuales, con iluminaciones matizadas y bellísimas, perfeccionadas texturas de plástico y de peluche, (como ese oso rosa llamado Lotso Abracitos, de carismática verosimilitud), y ¡por fin! con rostros humanos que empiezan a vivir y a ser creíbles (comparad el Andy de la primera y la tercera entrega y veréis lo que va de un muñeco de la Nintendo a un personaje casi de carne y hueso).

Además, el guateque final de Toy Story reserva nuevos personajes y gags visuales desternillantes: ahí está la relamida pareja de Barbie y Ken, celebrando sus amores de plástico con pijo narcisismo (impagable la escena del divo de Mattel pidiendo clemencia mientras destruyen su fondo de armario); aún más antológicas las correrías del Sr. Patata, que se ve obligado a deconstruir su propio cuerpo y encarnarse en una tortita (ese cuerpo blandengue caminando zopencamente es una pequeña perla de animación, nadie debería perdérsela); y como colofón, un Buzz Lightyear reprogramado que empezará a hablar en andaluz y a cortejar a la vaquera con ademanes toreros (puro disparate para reír a mandíbula batiente).

La última aventura de Woody y Buzz viene repleta de giros narrativos, de recovecos dramáticos y buenos que no lo son tanto, y he aquí que la gran evasión de los juguetes llegará hasta la última frontera, hasta las puertas de la mismísima muerte, en una escena emocionante y casi insólita en la historia del cine familiar, en que los condenados unen sus manos y aceptan su final con solidaria valentía. Con Pixar todo es posible, e incluso se diría que caben lecturas de carácter teológico ante ese oso ateo, herido por el resentimiento, que huye del infierno mientras lanza su trágico interrogante: "¿Dónde está ahora tu niño?" (es decir: "¿dónde está tu Dios?").

Como un tratado filósófico en tres dimensiones, 'Toy Story 3' habla de vida y muerte, de crecimiento y de despedidas, de desencanto y, por encima de todo, de esperanza. Y lo hace con fabulosos ropajes digitales, con una estética que rescata simultáneamente la poesía visual, el slapstick mudo y el glorioso cine de aventuras de los años ochenta y noventa: por qué será que algunas poses de Woody recuerdan irresistiblemente a Indiana Jones...

Quizá el epílogo se dilata demasiado con su edulcorado soufflé, pero le perdonamos absolutamente todo a esta trilogía que ha convertido los juguetes en antihéroes inolvidables. Y puestos a jugar, juguemos a un final alternativo: ¿Y si Woody hubera movido la mano para despedirse de Andy? El joven siempre habría podido pensar que era un espejismo, una ilusión movida por la nostalgia, porque los juguetes, como sabe todo el mundo, duermen silenciosamente el sueño de los justos mientras no estamos en el cuarto. ¿Verdad?

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ATENCIÓN: La crítica contiene pequeños detalles del argumento