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dijous, 8 de gener del 2015

La represión del espíritu

Luis Racionero
La política del espíritu’ en La Vanguardia 9/1/2015 Leer íntegro

“La represión de lo espiritual, o la monopolización de lo que se define como realidad o normalidad, son actos tan políticos como la represión física y el monopolio económico; ha sido tan necesaria para el desarrollo urbano-industrial como la acumulación de capital o la inculcación a millones de trabajadores de la disciplina de la fábrica”

(…) el espíritu es la única área vital que no se incluye en el proceso social del trabajo (…) sólo el espíritu no entra en el cuerpo ni se materializa en un objeto susceptible de ser comprado y vendido. Esta teórica libertad del espíritu se ha usado como excusa para hacer más llevadera la pobreza, sumisión y explotación del cuerpo. Ante esta malversación de lo espiritual, los progresistas en vez de denunciar el uso capcioso de las energías psíquicas espirituales y su desvío con fines interesados, han reaccionado de modo simplista, tirando al niño con el agua de la bañera, y negando de plano todo lo suprarracional. (…)

Están ya lejos los tiempos en que se pretendía que la muerte del espíritu no era un hecho político. La represión del espíritu, es decir, de los estados visionarios de la mente, del éxtasis, de la fantasía y la imaginación que se ha perpetrado en nuestra cultura durante los últimos siglos, ha sido dictada por los mismos intereses económicos y sociales que los actos de opresión de clases o explotaciones físicas; ha sido tan necesaria para el desarrollo urbano-industrial como la acumulación de capital o la inculcación a millones de trabajadores de la disciplina de la fábrica. (…)

Si no estamos acostumbrados a ver esta secularización de la consciencia como asunto político, se debe en parte a que el perjuicio ha sido sufrido por todas las clases sociales, ha caído con igual fuerza sobre las élites que sobre las masas y, por lo mismo, no se ha producido el contraste ricos- pobres, explotadores-explotados que necesita la política. Los prejuicios generales son menos evidentes que la injusticia de una élite, pero no por ello son menos reales y dolorosos; la represión de lo espiritual, o la monopolización de lo que se define como realidad o normalidad, son actos tan políticos como la represión física y el monopolio económico. Incluso puede ser políticamente más graves, porque en ellos se basan los inexplorados mecanismo psíquicos que provocan la explotación del hombre por el hombre. (…)

Se trata de cambiar la desesperación de Macbeth, para quien la vida es “un drama de sonido y furia, escrito por un loco, que no significa nada”, por la actitud inquisitiva de Hamlet: “Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, de las que puede soñar tu filosofía”.


dissabte, 15 de novembre del 2014

El ojo de Blake

Willliam Blake, La Piedad (1795)
Luis Racionero
Suplemento ‘Es’, La Vanguardia, 15/11/2014

A Blake se debe el famoso aforismo que Huxley tomó como título de su libro sobre las drogas psicodélicas: “Si las puertas de la percepción estuviesen limpias, veríamos todo tal como es: infinito y eterno”. (…) palabras de Blake que recitó Ginsbergen un auditorio universitario?: (...) “‘¿Cómo?’, preguntaréis, cuando sale el sol ¿no ves un disco redondo del tamaño de una guinea? Oh, no, no, yo veo una compañía innumerable de coros celestiales gritando (…). Yo no consulto mi ojo corporal, como no consultaría a una ventana sobre el paisaje que hay tras ella. Miro a través de él, no con él”.

dilluns, 22 d’octubre del 2012

La mística del viaje


Luis Racionero
Fragmentos del artículo ‘La mística del viaje’, en el suplemento Cultura/s, La Vanguardia, 17/10/2012

“¿Tenemos aún la desaforada manía de viajar? ¿Será la desazón cósmica, el sabernos río, lo que nos impulsa?”

Si viajáramos a la velocidad de la luz, la masa se haría infinita y estaríamos, como Dios, en todas partes, y ya no tendríamos que movernos. El espacio no viaja. Todo lo demás sí: átomos que vibran, virus que penetran, moléculas que reaccionan, líquidos que fluyen, gases que se evaporan, planetas que giran, galaxias que huyen hacia los confines del universo. Todo fluye y sólo lo fugitivo permanece, porque estamos hechos de la materia de los sueños. Y, siendo así, ¿tenemos aún la desaforada manía de viajar? ¿Será la desazón cósmica, el sabernos río, lo que nos impulsa?

“Huimos de la fijeza cristalina”

Robert Louis Stevenson, el inolvidable autor de La Isla del Tesoro, decía que no se viaja para ir a ninguna parte, sino para ir. Somos presa del segundo principio de la termodinámica, partículas en perpetua agitación hacia el desorden creciente, huyendo de la fijeza cristalina del retículo estable y simétrico.

“Los primeros asentamientos estables fueron los cementerios”

En el paleolítico los hombres recorrían el territorio en una gira estacional; cambiaba de sitio en función de las variaciones climáticas y cinegéticas. Los primeros asentamientos estables fueron los cementerios, a los cuales se volvía para venerar a los ancestros. La mística del viaje es un lejano atavismo alojado en la pulsión subconsciente y, por lo mismo, irresistible.

“¿Quién conoce más mundo: el turista incesante o el portero de noche?”

La fuerza de la vida, renacida en cada primavera, nos invita al viaje hacia el orden y la belleza, lujo, molicie y voluptuosidad. En el imprevisto invierno de Capua, todo el prodigioso viaje de Aníbal, sus elefantes y sus hombres, su genial campaña transalpina, pierde su sentido y se diluye en impotente inoperancia. Lo importante es precisamente el camino, no la posada, y aunque la mística del viaje nos promete premios desconocidos una vez que alcanzamos la meta, el viaje es el camino. ¿Qué es el río: el agua que fluye o el cauce sobre el cual se desliza? ¿Quién conoce más mundo: el turista incesante o el portero de noche?

Algunos espíritus preclaros nos dan motivos sensatos: se viaja para aprender, según Francis Bacon; para frotar y limar nuestro cerebro contra el de otros, dice Michael de Montaigne; viajar es casi como conversar con gente de otros siglos, insinúa el filósofo René Descartes; pero no acabamos de creérnoslo, porque lo que necesita el viajero sólo puede estar dentro de él. “No corras –dice Juan Ramón Jiménez– que adonde tienes que ir es a ti mismo”.

“…viajes que tienen por fin el reino del preste Juan, la joya dentro del loto, la isla perdida o la princesa lejana”

(…) Son los viajes del yo a través de sus incontables máscaras, viajes emocionantes que transforman la personalidad, los que tienen por fin el reino del preste Juan, la joya dentro del loto, la isla perdida o la princesa lejana; y todos, al terminar, se encuentran en el lugar donde empezaron. Son esos misteriosos viajes cíclicos cuyo limpio o intrincado trayecto es el eterno retorno hacia el centro de uno mismo, movidos por el sagrado narcisismo. Estos viajes son propios para solitarios, aunque si el aislamiento es excesivo, pueden acabar en alucinaciones, como las tentaciones de san Antonio, por lo cual es recomendable un mínimo de compañía y un guía, Orfeo y Eurídice, Dante y Virgilio, o Mefistófeles y Fausto.

Luis Racionero
Foto: GETTY IMAGES Imagen futurista creada por Mark Stevenson