Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Scarlett Johansson. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Scarlett Johansson. Mostrar tots els missatges

dimarts, 10 de juliol del 2007

Scarlett en Barcelona



Scarlett Johansson durante el rodaje de la película de Woody Allen en Barcelona, 10/07/2007. Fotos: EFE

dissabte, 2 de juny del 2007

Scarlett


OTI RODRÍGUEZ

"¡Cuánto trabajo cuesta mirar y ver otra cosa que a esa fascinante chiquilla rubia, carnal y aburrida en ese hotelazo construido para compaginar placeres y negocios!"

Hasta hace bien poco, no había más Scarlett que la apellidada O’Hara, el adorado tormento de Rett Butler en ‘Lo que el viento se llevó’. Hoy, uno dice Scarlett y de inmediato se piensa en Johansson (…). La actriz que, como últimamente hila una tras otra las películas con Woody Allen, estará con cierta probabilidad rodando algún día en Barcelona este próximo verano compitiendo en curvas y pensamientos retorcidos con la obra de Gaudí (…).

En realidad no hay más de una decena de títulos (…) olvidables en las estanterías del rincón de la historia del cine hasta que hizo su aparición estelar en ‘Lost in translation’, la película que pondría a Scarlett (y a nuestros ojos) en órbita.

Sobre cómo hace su aparición Scarlett Johansson en esta brillante película acerca de de la soledad entre la aparatosa multitud, se podría escribir algo parecido a un par de encendidas páginas del más tórrido Henry Miller; lo dejaremos en un par de encendidas frases: antes aún de los títulos de crédito surge del negro un primerísimo primer plano de, digamos, el cántaro voluptuoso de su figura de espaldas y (des)cubierta apenas con una sedosa y transparentosa ropilla interior de color amanecer en el trópico…

Cambia de idea y de imagen Sofia Coppola, la directora y tal vez un genio del cine, y nos ofrece una panorámica descomunal de Tokio y su noche de luces y guiños. Dos o tres chasqueos de dedos y la vuelve a tomar sentada en la cristalera del piso ciento y pico del hotelazo japonés en el que habrá de coincidir en cuerpo y alma con el personaje (magnífico personaje) que interpreta Bill Murray y por el que nadie le dio un Oscar. A medida que va transcurriendo ‘Lost in translation’ uno empieza a ir conociendo a Scarlett Johansson y sus posibilidades como animal cinematográfico: borda el personaje de chica perpleja ante la velocidad que toma la vida al doblar una curva inesperada del camino (recién casada, con la baraja en sus manos y a punto de darse de bruces contra la tapia de las desilusiones) y de chica paño en el que enjuga su depresivo sudor ese fulano cínico y terminal que interpreta Murray. Cualquiera que vea ahora esa película se dará cuenta de lo difícil que lo tenían ambos actores: ¡Cuánto trabajo cuesta mirar y ver otra cosa que al brillante Bill Murray en estado de gracia y totalmente perdido en ese descomunaly marciano Tokio!... Pero, ¡cuánto trabajo cuesta mirar y ver otra cosa que a esa fascinante chiquilla rubia, carnal y aburrida en ese hotelazo construido para compaginar placeres y negocios! Los dos, pues, absorben la mirada del espectador, pero al tiempo consiguen el pequeño milagro de dejarle sitio al otro.

El desenlace de ‘Lost in translation’ fue el comienzo de todo lo demás: él le dice a ella algo al oído que la película no desvela (es un secreto entre ambos) y que le permite a ese final amargo convertirse, de un modo sencillo, magistral, en algo lejanamente parecido a un final feliz. Misterios de la (in)felicidad.

OTI RODRÍGUEZ, “LA VOLUPTUOSA S DE SCARLETT”, EN LA REVISTA ‘MAN’, JUNIO 2007

dilluns, 15 d’agost del 2005

Las bellezas disociadas






















La voz de la muchacha se recorta en los rascacielos, y su llanto está secreto en el tembleque de los planos de Tokyo


Lost in translation. Charlotte (Scarlett Johansson) habla por teléfono desde la habitación del enorme hotel. Mientras aparecen las panorámicas vidriosas de Tokyo, paisajes urbanos de abstracta melancolía, oímos sollozos femeninos. Podríamos ver directamente a Charlotte, sus lágrimas de universitaria americana desamparada entre los doce millones de habitantes de la megalópolis. Podríamos tener el primer plano de sus ojos rojizos. Pero no. La voz de la muchacha se recorta en los rascacielos, y su llanto está secreto en el tembleque delicado de los planos de Tokyo.

La disociación tiene un enorme poder conmovedor. Vemos una cosa y escuchamos otra. Alguien nos habla y otro alguien -oh, desconcierto- nos toca el hombro por detrás. El arte moderno ha comprendido este fenómeno, y divorcia la línea del color, el tema del estilo. Pensemos en Matisse, en Miró, en los expresionistas. Las figuras están escindidas de sus perfiles, se rebelan contra sus límites.


Nuestras ciudades son tan caleidoscópicas que, o bien nos hundimos en el remolino de la complejidad, o bien nos hundimos en el placer de la disociación. Tras este exagerado dilema, imaginemos Barcelona de noche. El tráfico es agobiante: el enjambre de coches y bocinas rodea una precaria silueta peatonal. El semáforo reverdece en la Diagonal, el peatón se pone los auriculares y he aquí que todo se transforma. A izquierda y derecha se extiende la urbe nocturna, infinitamente alumbrada, mientras él desfila por el paso de cebra con los ensueños del track 3.

JOAN PAU INAREJOS, octubre 2004
foto: Tokyo de noche