dimecres, 13 d’octubre del 2010

Berlín, la ciudad de los zorros en la noche

Por Joan Pau Inarejos

Diario del viaje a Berlín, Alemania
 

Agosto de 2010: Joan Pau Inarejos, Laura Solís, 
Pablo Moral, José L. Gordón, Sara Roura

bluerlin 
Dicen que Berlín es una megalópolis europea, pero quién lo diría cuando llega al modesto aeropuerto de Schönefeld, pequeño y compacto como una central mayorista de frutas y verduras. Cuando se empieza a oír la lengua alemana, la sensación es otra: los legos como yo nos sentimos envueltos en un laberinto comunicativo de puertas blindadas y acero inoxidable. No hay una sola palabra asequible y transparente, de aquellas que se pueden cazar de vez en cuando como mariposas pizpiretas cuando se anda por las avenidas de Roma o de París; es ésta una prosa seca y siseante, sin apenas resonancias líricas (qué se la va a hacer: el italiano evoca las canciones, el francés el amor y el alemán las películas de la Segunda Guerra Mundial). Afortunadamente apareció Pablo, nuestro anfitrión germanófilo, para sacarnos del mísero letargo idiomático y pedir unos bocadillos en la lengua de Lutero; o sea, como Gott manda.

Lástima que nuestra primera noche no fuera precisamente una alfombra roja, sino más bien una carrera de conejos: caía un atronador chubasco y la lluvia regó copiosamente las calles mientras buscábamos la dirección de nuestro alojamiento en medio de una desesperante falta de farolas. A la inclemencia general había que añadir una maleta rota llevada en brazos, de modo que, más que turistas, debíamos de parecer una cuadrilla de atracadores fugitivos. Después de unos cuantos rodeos e impromperios, al lado de una fábrica de lápidas (glups) se dibujó el perfil de nuestro albergue.

Nuestro hostal, de la cadena Betten-Zimmer-Appartements (bendito copiar-pegar) se encuentra en un barrio de Berlín de cuyo nombre no quiero acordarme, y su amplio interior da cuenta del peculiar y generoso sentido del espacio que tiene esta vieja ciudad de okupas y muros caídos. Con una sola de esas habitaciones, cualquier especulador ibérico hubiera montado un piso de alquiler a precio de oro en los tiempos de la tochocracia. Pero aquí, como no hay burbujas, corre el aire.

democracia cervecera
  vista aérea
Huelga decir que la cerveza (Bier) es el producto indígena por excelencia, el santo grial de esta democracia berlinesa cuyos jóvenes y viejos, heavies y posmodernos, post-burgueses y punkies, beben en todas partes de esta balsámica poción colectiva, merced a unas autoridades sumamente permisivas que no tienen pesadillas jurídicas con el alcohol. Tampoco Berlín pone puertas al campo en la comida: con pocos euros en el bolsillo, uno puede puede comprar entrada en un desenfadado parque temático del fast food, donde los menús italianos, asiáticos y turcos conforman todas las mixturas posibles.

Y sí: tienen razón los que dicen que Berlín es un espectáculo. No lo es, desde luego, por su monumentalidad ni por su belleza, cualidades que tantos suspiros arrancan a los visitantes de Venecia, Viena o Amsterdam, pongamos por caso. La capital alemana, periférica y perdida en el tubo de escape de la Europa carolingia, deslumbra más bien por su ambiente humano, bullente, variopinto y plagado de tendencias, hasta el punto que uno se siente verdaderamente excéntrico por andar vestido normal, sin ninguna adscripción estética o tribal. No sólo del PIB viven los complejos de inferioridad.  

Entre tanto fragor, resolvimos aposentarnos en un kebab y, empujados por el ocio mental de las noches de verano, nos pusimos a disertar sobre dónde demonios se esconden las palomas recién nacidas. ¿Alguien ha visto una?


amanece en berlín
hostal 
La dueña de nuestro hostal, una anciana de rictus severo, parecía salida de una película de Hitchcock. Imaginada en blanco y negro, sirviéndonos huevos crudos para desayunar, su silueta imponía tanto como la peor de las madrastras. La vieja posadera no entendía nada de nuestro inglés macarrónico y, cuando nos cobró en la caja, quién sabe si murmuraba una lacónica maldición. Por decirlo en cristiano protestante, hay gente que no está para ostias.

Una vez en la calle, pudimos cerciorarnos de una verdad fundamental: nadie sabe dónde está el centro de Berlín. Esta ciudad ha quedado tan troceada y desordenada por su pasado traumático, que ha desaparecido todo vestigio de su cuna o su matriz, ese kilómetro cero que todos los turistas buscan con magnética peregrinación. Lo más parecido a un eje emblemático es el señorial paseo Bajo los Tilos (Unter den Linden), el antiguo camino entre el Palacio Real y el  parque de Tiergarten que hoy discurre como un desfiladero melancólico entre armatostes neoclásicos, hasta llegar a la no menos célebre Puerta de Brandemburgo. 


gemelas
Sobre este gran arco de columnata clásica, tan icónico y fotografiado, los caballos relinchan y rememoran aquella Alemania de filósofos que quiso ser una segunda Grecia, la misma que ambicionó convertir su capital en "la Atenas del Spree". Lo cierto es que, si nos asomamos al Spree, el austero río berlinés, veremos que carece de cualquier glamour frente al resplandor carismático del Sena, el Tíber o el Támesis, pero ahí están sus aguas sin góndolas ni novelas, surcando la populosa urbe como por casualidad, como pidiendo perdón por interrumpir la orografía de esta ciudad tan encantadoramente fea. 

el dominó
history
Más allá de su modernidad cool y de sus nostálgicas piedras imperiales, Berlín es una ciudad que hace penitencia. El alma de esta urbe pide perdón silenciosamente en muchos de sus rincones, desde pequeñas placas en el suelo hasta un cubículo vacío donde vegeta una maternidad dolorosa, pasando por un perímetro de 2.711 bloques de hormigón, ordenados en fila como un dominó fúnebre de gigantescas proporciones, que conmemora la barbarie del holocausto judío.

A lo largo de este laberinto abstracto, uno puede quedarse repentinamente solo, o incluso perderse, puesto que los bloques  van subiendo de altura y encierran al caminante en un amenazador bosque de piedra. En el diseño del arquitecto Peter Eisenman no se halla ni un nombre propio, ni una sola fecha: las lápidas se alzan anónimas y desnudas en su oleaje mineral, y hasta permiten subirse encima de forma infantil e irreverente, so pena de tirón de orejas policial. Muy cerca, el enorme globo de cristal de Norman Foster, amanece sobre el Reichstag (parlamento) y solemniza la luminosa redención democrática de la que gozaron los alemanes después de la triste noche nacionalsocialista. 

mirando las obras

venga vámonos
No pudimos evitar un murmullo de decepción cuando vimos a estos dos gigantes rodeados por una valla, como vulgares despojos urbanos: he aquí que Karl Marx y Friedrich Engels, prohombres del Manifiesto Comunista y antiguos patrones del Berlín oriental, estaban literalmente sentados a mirar las obras del metro, como prejubilados a la fuerza por la historia. Luego supimos que, consumando la humillación, una grúa los arrancó físicamente del suelo, en su mismísima Tierra Prometida. Los presupuestos municipales ya no respetan nada.

Y frente a la plaza de Marx y Engels, tan ensimismados en su hibernación barbuda, se erigía el gran megalito de Berlín. 

 1989
Al atardecer, la soberbia Torre de Televisión aparecía sobre un cielo ardiente, como una escalofriante atalaya de Satanás: así la imaginaría Juan Pablo II, uno de los más célebres agentes de la caída del comunismo, aunque, al parecer de algunos, la sombra de la torre oriental perpetra nada menos que "la venganza del Papa" por su nítida forma de cruz impresa sobre la ciudad. Bien mirado, con sus más de 360 metros, la colosal aguja de Alexanderplatz no parece una mala escalera para subir al cielo, aunque sea trepando esforzadamente, como hiciera Son Goku en el manga Dragonball para alcanzar el nirvana de las artes marciales.

la historia-espectáculo
ayer y hoy
Lejos de allí, una cuadrilla de visitantes rubicundos y cerveceros (iba a decir guiris, pero aquí los guiris son los autóctonos) se amontonaba en el célebre Checkpoint Charlie, el antiguo paso fronterizo que separaba las dos partes de Berlín, Este y Oeste. Con chistes y risotadas, los jóvenes juerguistas posaban junto a los figurantes del lugar, ataviados éstos como antiguos militares americanos y soviéticos. Ver para creer: lo que durante décadas fuera una intimidatoria aduana política, hoy es un inmenso circo, donde los turistas de verdad fotografían soldados de mentira. No está mal como imagen.

Por lo demás, no es la única ficción que ofrece la capital germana: también cabe destacar la posibilidad de llevarse un presunto trozo del Muro de Berlín (el timo de la estampita en versión cemento), visitar lugares que ya no existen (como el búnker de Hitler, hoy cubierto por un parking anodino) o mi preferido: obtener un falso pasaporte de la extinta República Democrática Alemana (RDA), que es como ir a Italia y pedir un certificado conforme estuviste en el Imperio Etrusco (también tendrá sus nostálgicos, quién sabe).

No sé si he dicho ya que, de haber alguna ciudad que explotase su historia reciente como reclamo turístico, hasta extremos sonrojantemente disneyanos, ésta sería sin duda Berlín, más que una ciudad, un enorme plató de televisión del siglo XX donde no puedo olvidar algunas tomas imperdibles, como el Museo Judío anunciándose al lado de un McDonald's. Que baje Woody Allen y lo vea.

las ruinas
luna de berlín o el milagro alemán
Aquí otra estampa berlinesa. El círculo de Mercedes-Benz tiene algo de místico cuando se contempla al atardecer junto a la Iglesia del Káiser Guillermo, bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Discreto y fosforescente, el anagrama automovilístico se asemeja a una luna iluminando las ruinas, como en los más oníricos cuadros de Caspar David Friedrich.

Mientras que las ciudades sureñas de Europa deslumbran con sus vestigios arcaicos, de Berlín puede decirse que fascina por su tropel de escombros modernos de todo signo. Ahí está la vieja iglesia imperial, agujerada en su rosetón cual ombligo amputado, y por supuesto el archifamoso Muro, con algunos fragmentos que han sobrevivido a la catarsis de 1989 para mayor gloria del arte callejero. 

el beso
Esta suerte de Louvre al aire libre brinda al peatón imágenes tan directas como el beso incestuoso de los dinosaurios comunistas (Honecker y Breznev) con el que el pintor ruso Dimitri Vrubel comprendió profundamente el feísmo consustancial de una ciudad que no tiene Partenones ni falta que la hacen.

Pero si hablamos de vestigios venerables, hay que ir al Este profundo.

ocaso

Si la avenida Karl Marx pretendía empequeñecer al proletario con su gigantismo de hormigón, de veras que lo consigue. Rotunda y colosal, la arteria triunfante de la antigua RDA (Alemania comunista), recibe al caminante con sus tremendos torreones y lo apabulla después con una amplitud más apta para los tanques que para el tráfico privado. Homogeneidad y grandeza: no hay duda de que los arquitectos socialistas lograron soldar ambas nociones con el estilo de sus particulares Campos Elíseos, donde dan ganas de acudir a una oficina gubernamental para entregar el reloj, la cadena de oro de la comunión y lo que haga falta.

En el Lejano Este, solitario y aún desasido de bullicio capitalista, no hay bolas de pelusa ni forasteros desenfundando el revólver, pero sí una cantina nostálgica llamada Café Sibylle.

sibylle
"Atención: vuelven los nazis. Estemos preparados". Así más o menos rezaba el folleto que nos repartió una amable anciana del Café Sibylle, donde decenas de sesentones (y algún que otro cuarentón) asistían a una charla antifascista que quiso alertar a la platea sobre el resurgir de la extrema derecha, de tan lamentable actualidad. El emblemático local aún conserva objetos cotidianos de la Alemania socialista y, en su militancia entrañable, cremosa y sentimental, parece replicar a los profetas del fin de la historia lo mismo que Terenci Moix en uno de sus libros: "No digas que fue un sueño". 

foxes in the night
okupaland
No nos fuimos de Berlín sin visitar uno de sus santuarios nocturnos, la célebre Casa Okupa. Una vez marcados a fuego por los consabidos gorilas (que también los hay aquí, y vaya si te cobran entrada) la meca alternativa se nos desplegó como un laberinto de informe oscuridad y pasadizos ignotos, quizá por obra y gracia de las copas de más que llevábamos encima.

El sueño de la noche berlinesa produce monstruos: si no, que se lo digan a una intrépida muchacha, químicamente muy estimulada (almenos en apariencia), que compareció rauda y veloz en un descampado, cercano a un bar abierto, para hacernos saber que había visto zorros. Nos lo confió en la lengua de Shakespeare: "I've seen foxes in the nigt, and I buy dog food for them". Pero, he aquí que, antes de imaginarnos a la misteriosa doncella echando Dog Chow a las fieras, ya se había desvanecido, como se desvanecen al despertar los sueños más extraños o los viajes veraniegos donde uno quisiera plantar la tienda.   

JOAN PAU INAREJOS
Viaje a Berlín, Alemania
 Joan Pau Inarejos, Laura Solís, Pablo Moral,
José L. Gordón, Sara Roura, agosto 2010

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Joan Pau Inarejos y Laura Solís

dimecres, 6 d’octubre del 2010

Cerrando la vista


BORJA CORCÓSTEGUI, OFTALMÓLOGO
 "Nos estamos miopizando"

Los niños pasan el día ante pantallas.
Porque nos estamos miopizando. Nuestra visión está cada vez más concentrada en un entorno más pequeño y nuestros objetos de atención más próximos a nosotros, y por eso bioevolutivamente tendemos a la miopía, como las culturas más avanzadas.

¿Por eso tantos japoneses llevan gafas?
Y los chinos y muchas otras culturas avanzadas, que tienden a padecer miopías masivas.


BORJA CORCÓSTEGUI, entrevistado en 'LA VANGUARDIA', 6 octubre 2010

divendres, 1 d’octubre del 2010

Adulterio virtual


MARÍA PÉREZ CONCHILLO, SEXÓLOGA
 "Me han llegado casos en que la infidelidad se produce en la misma cama"

Para María Pérez Conchillo, directora del Instituto Espill de sexología, la competencia de la pareja no es ahora una tercera persona, sino la máquina. "La videoconsola, el ordenador, el móvil, están robando el tiempo que dedicábamos a interactuar con la pareja. Me han llegado casos en que la infidelidad se produce en la misma cama, con la pareja al lado, porque el otro, o la otra, está con su portátil chateando y flirteando virtualmente". 

Pérez Conchillo interpreta que la actividad con estas tecnologías tiene a su favor una estimulación satisfactoria inmediata que, además, depende de ti. "Tú tienes el poder, el control de decir cuándo se empieza y cuándo se acaba. Es más cómodo que escuchar a tu pareja, con quien no tienes el poder absoluto; sin embargo, cuando acaban su actividad virtual tienen una sensación de vacío, de instatisfacción emocional", dice la sexóloga.

EL PAÍS, REPORTAJE DE JAVIER MARTÍN, 30/09/2010

dimarts, 28 de setembre del 2010

Y sin embargo, Dios se mueve


ANDRÉS  TRAPIELLO
 "La ciencia no necesita a Dios para hacer su trabajo, pero al hombre no le basta la ciencia para ser feliz"

[El científico Stephen Hawking ha concluído recientemente que la idea de Dios no es necesaria para comprender el origen del universo y que la ley de la gravedad y las matemáticas lo explican todo]

Pese que al noventa y cinco por ciento del universo sea una materia oscura de la que la física desconoce todo, es probable que Hawking tenga, respecto del otro cinco por ciento, toda la razón, pero cabría decir, al modo de Galileo, que Dios, sin embargo, seguirá moviéndose en el sentir de muchos, igual que ha dejado de moverse para otros la idea de un Dios providente, que premia y castiga. 

La ciencia no necesita a Dios para hacer su trabajo, cierto, por lo mismo que al hombre no le basta la ciencia para ser feliz. Por eso seguirá sintiendo una noche, bajo un cielo estrellado, el peso de su finitud en el alma y un alado deseo de ser mejor, y será indiferente el nombre que le dé a todo eso: armonía, orden, número, música, belleza, es decir, todo aquello ¿divino? ¿sagrado? de lo que la vida humana no puede prescindir.


ANDRÉS TRAPIELLO, EN 'MAGAZINE' DE 'LA VANGUARDIA', 26/9/2010

Sergi Pàmies dixit

 
"Entre els càstigs que comporta fer-se gran hi ha comprovar que pots menysprear durant anys coses que més endavant acabaràs fent amb tota normalitat"

el comunisme
"El partit va desaparèixer a conseqüència d'un ús autodestructiu de la falç i el martell"

el fill
"Perquè creixi he d'encongir-me. Perquè maduri m'he de pansir. Depenem l'un de l'altre"

ella (quan discuteix)
"En realitat, no vol solucionar res i s'estima més el conflicte com una forma autodestructiva d'entreteniment"

l'alcohol
"l'slivovice, un licor del moble bar que, més que ressaca, provoca amnèsies balcàniques"

els bebedors
"Ni els cambrers ni la parròquia dels locals tracten amb la mateixa consideració un bevedor calavera que qui macera en alcohol penes identificables; com més trista és la història, més crèdit té el bevedor: és un dels manaments de les tavernes"

créixer
"Entre els càstigs que comporta fer-se gran hi ha comprovar que pots menysprear durant anys coses que més endavant acabaràs fent amb tota normalitat"



SERGI PÀMIES: 'LA BICICLETA ESTÀTICA' (RECULL RELATS), 2010

divendres, 17 de setembre del 2010

Horario nocturno

JOAN PAU INAREJOS
Monica Bellucci ha entrado en mi vida. Cada día la veo frente a mí, extendiendo las manos y erguida con el rostro pálido, mientras convoca a su alrededor un fabuloso círculo de fuego verde. Sólo estamos ella y yo en la parada del autobús. 

Me pongo los auriculares e intento evadirme con el zapeo musical del teléfono móvil, pero ella sigue mirándome. Aunque acaba de cumplir 46 años, luce un ademán rejuvenecido por obra y gracia del retoque digital (nada que no hicieran los pintores renacentistas ante sus fláccidas e imperfectas modelos). Ni una pata de gallo. Ni un rastro de las leves arrugas que ya despuntaban en su rostro de María Magdalena, cuando se puso a las órdenes de la Pasión de Mel Gibson. Su personaje de hechicera parece una figura de cera en este cartel que anuncia la película 'El aprendiz de brujo' con el sello de Disney. La diva inquietante sigue observándome y la situación empieza a ser incómoda. Miro hacia la carretera y suspiro aliviado: llega mi autobús.

Proletarios, borrachos y solitarios no clasificados son el público fiel del bus nocturno, convertido en carrusel onírico y silencioso en estas horas intempestivas. Sólo algunas melodías arabizantes o rumanas, o a lo sumo algún estallido de carcajadas adolescentes a finales de semana pueden romper esta procesión muda de las minorías que viajan a las cuatro de la madrugada. Las gasolineras, los carteles luminosos y un colosal rótulo del Hotel Rey Juan Carlos I de Barcelona son los únicos faros del mundo exterior, y uno los busca para saber dónde debe parar, como un ciego tras una luciérnaga. Aún quedan tres horas para que la ciudad sea luminosa y transitable.

Bajo del autobús y el vehículo se pierde entre las brumas. Ante mí, una miríada de semáforos rojos se convierte en verde, en una caleidoscópica coreografía diaria que me conmueve en lo más íntimo de la retina a pesar de su rutinaria vulgaridad. En estas horas son muy propicias las fantasías de ciencia ficción. Por ejemplo: estoy sólo en la ciudad, toda la calle es para mí, un gran virus ha diezmado la población y soy el único superviviente, el cambio climático ha apagado el sol y voy vagando por una oscuridad sin horizonte, hasta que aparece el parking de la Avenida Madrid. Los escasos caminantes se agrupan en dos grandes razas: los vecinos insomnes que sacan a pasear al perro o los jóvenes desnortados que siempre piden tabaco y hasta día de hoy no te han atracado. Otros vegetan en los cajeros automáticos con la ayuda de mantas y cartones.

La luna asoma entre el lomo gigantesco del Camp Nou, aunque del suelo brotan impresiones más prosaicas. Los cristales de las Xibecas crujen bajo los pies, y por doquier se eleva un suave y vaporoso perfume de micciones. Ha habido orgía después del partido, pero enseguida llega la hermandad de la limpieza llevándose los montones de latas y restos con abnegado silencio monacal. Un día más doy gracias a la cafeína por llegar despierto al trabajo, mientras, a mis espaldas, la ciudad sigue durmiendo.

JOAN PAU INAREJOS, 17 SEPTIEMBRE 2010

dijous, 2 de setembre del 2010

Burka o bikini

ALFONS PUIGARNAU
 "El burka esconde lo físico y enseña lo anímico, mientras que el desnudismo muestra lo físico y esconde lo íntimo"

La estética corporal bascula entre un esconderse y un mostrarse. Es un resquicio abierto entre la afirmación de una intimidad pudorosa y la negación impúdica del escaparatismo. La mujer que decide vestir la desdichada indumentaria [el burka] muestra su intimidad escondiendo su cuerpo a aquellas personas que, sin legitimidad, podrían desearla. Porque este atuendo la rasga abiertamente: convicciones religiosas aunque no aparezcan en el Corán, rol femenino en el seno del matrimonio, renuncia al mundo laboral fuera de casa, o incluso una inédita sensualidad femenina. Al mismo tiempo, por la misma conexión con su vida íntima, la mujer que se exhibe corporalmente aparece como mutilada en su interioridad. Al explicitarlo casi todo físicamente, poco queda para una experimentación más profunda. En realidad, la intimidad de quien se muestra queda eclipsada por su propia presencia corporal. Ha perdido valor ante sí misma y derrama el vacío del que se siente avergonzada (...). 

Quizá manifestaciones socioculturales como el oriental burka (que esconde lo físico y enseña lo anímico) y el occidental desnudismo (que muestra lo físico y esconde lo íntimo) se debe a una progresiva secularización del cuerpo. Ese mismo que en Oriente se desacraliza negándose y en Occidente se seculariza mostrándose. ¿No será que, al escandalizarnos, estamos ante un espejo en el que Oriente representa esa misma imagen que rechaza Occidente?

ALFONS PUIGARNAU, profesor de Estética y Teoría de las Artes, Universitat Internacional de Catalunya, en 'La Vanguardia', 22/08/2010