dimarts, 10 de març del 2015

“Hi haurà lectors el dia que la gent llegeixi llibres i després els llenci”


Hi ha un excessiu respecte a l'objecte-llibre? Prioritzem tenir llibres a llegir-los? Ens convindria una sana mentalitat d'usar i llençar? Provocadores i interessants reflexions d’un llibreter.


Guillem Terribas
Entrevista d’Oriol Soler a Verbàlia.com Llegir sencera

[Els llibres de butxaca] Aquí no funcionen tan bé com a França, Alemanya o Anglaterra. Aquí llegir encara és un luxe, ens agraden els llibres de tapa dura, el llibre de butxaca no ens agrada. L’important no és com està fet! El dia que la gent llegeixi llibres de butxaca i després els llenci, aleshores hi haurà lectors, mentre tu compris un llibre i te’l guardis a casa com si fos un tresor, no hi haurà lectors. Un llibre el llegeixes i el deixes, ja està, igual sí que vols conservar-ne alguns, però no tots. De vegades jo agafo llibres de la llibreria, els llegeixo i els torno a deixar a l’estanteria. Si m’interessa molt el compro, però si no res.

Però a casa tens una biblioteca suposo.

Sí, però és més de llibres signats que de llibres en si. Però el dia que no sigui considerat un tresor hi haurà lectors. Els llibres de butxaca seran els que marcaran la diferència en aquest aspecte. I són més barats, no cal esperar a rebaixes. La gent diu que la lectura és cara, però és car allò que no ens agrada. Per mi l’entrada del futbol és cara, però un llibre no. Per mi anar a veure Bruce Springsteen, que val 90 euros, no és car, gens. Si una cosa t’agrada no és cara. El cinema val 7 o 8 euros, igual que un gintònic. Doncs aquí està el tema de que les coses que t’agraden et semblen barates, i les que t’agraden menys són més cares. 


dijous, 5 de març del 2015

'Still Alice': olvidable película sobre el olvido

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 4

Alice era una profesora de psicología cognitiva y ahora tiene alzheimer. Pero aún es ella. Lo recalca el título (Still Alice), un título conciso, cargado de significado, aunque aquí se haya convertido en ‘Siempre Alice’, por mor de las traducciones traicioneras. Nótese que el matiz es importante. El título original habla de una identidad en lucha, agónica en el sentido griego, aquí y ahora. El segundo es un epitafio naif que valdría para cualquier vida y cualquier contexto. La película se mueve en el impasse dramático de la enfermedad: siendo aún Alice, no sabe si siempre lo será. Tarjeta roja para el traductor.

Pero no nos perdamos en cuestiones lingüísticas… o quizá sí, porque eso es lo que hace el personaje de Julianne Moore: perderse en plena disertación lingüística en la universidad y caer en un vacío que presagia olvidos mayores. Más tarde la veremos desorientada en medio en la ciudad, con un uso inteligente de la profundidad de campo (todo su entorno está borroso) para evocar su extravío mental. La de Carolina del Norte, que lo mismo hace unos Juegos del Hambreo una obra de arte y ensayo, se deja la piel en una interpretación muy aplaudida que le ha valido el Oscar. Sin embargo, tristemente, ni siquiera su buen trabajo merece el visionado de un producto discreto, discretísimo, por no decir mediocre.

Si aun así se deciden a explorarla, comprenderán que la madura pelirroja se haya llevado todos los loores, aunque por aquí aconsejamos no menospreciar a Kristen Stewart, encargada de interpretar a su díscola hija menor. Emancipada de sus amantes lobunos, la ex crepúscula se desenvuelve la mar de bien en el papel de esa aspirante a artista de teatro, rebelde y retraída pero de buen corazón. Nada que ver con su hermana mayor, tan perfecta como insoportable, ni con su padre (Alec Baldwin), prototipo de las debilidades masculinas cuando van mal dadas.

La historia podría haber dado mucho más de sí, pero los directores se conforman con una sucesión chata y previsible de escenas supuestamente emotivas, sin olvidar, como Hollywood obliga, el imprescindible discurso ampuloso ante el público, plagado de frases sonoras de autoayuda. Qué pena que el cáncer de la mente, la odiosa enfermedad de nombre alemán, aún no tenga una película inolvidable.

‘STILL ALICE’, DE RICHARD GLATZER Y WASH WESTMORELAND
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dilluns, 2 de març del 2015

'Kingsman': 007 dos punto cero

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5

“Las películas de espías se han vuelto demasiado serias”. Lo dice Samuel L. Jackson, villano histriónico de la función, y tiene razón: un tono sombrío y existencial envuelve de un tiempo a esta parte las sucesivas aventuras de James Bond y todos sus vástagos, aunque sean tan buenas y electrizantes como las que protagoniza el agente Bourne. Así que se trata de recuperar aquellas cosas tan inverosímiles pero tan divertidas que ocurrían en el cine de antaño.

Hubo un tiempo en que los espías se lo pasaban pipa sin preguntarse de dónde venían y adónde iban, y se batían el cobre contra malos malísimos de sonrisa mefistofélica y extraños cuerpos protésicos. Bond hacía saltos imposibles, tenía más vidas que un gato y su situación siempre se podía calificar de grave pero nunca de seria. Todavía no buscábamos perspicaces lecturas de sus episodios en clave de Guerra Fría, etnocentrismo británico o donjuanismo impresentable. Era sólo una gozosa manera de pasar el tiempo: un cómic.

Precisamente, Mathew Vaughn se basa en una novela gráfica para recordarnos lo irreal y divertido que subyace en este género de pistolas, gadgets y jets privados, más aún cuando toda esta subcultura visual del siglo XX se encuentra con las posibilidades libérrimas que le brinda la tecnología digital. La genial y no suficientemente valorada 'Los increíbles' de Pixar ya demostró que se pueden hacer homenajes a 007 repletos de humor posmoderno sin caer en la astracanada de Mike Myers.

Al igual que 'Los increíbles', 'Kingsman' mezcla con habilidad el cine de espías con el mundo de los superhéroes, luminosa banda sonora incluída. La historia del veterano agente Galahad (Colin Firth, el eterno inglés), encargado de adiestrar a un joven de barrio (resultón Taron Egerton, dicen que apunta maneras) tiene todos los ingredientes para entretener y no teme pisar callos, por ejemplo presentando a su villano como un ecologista radical (!) dispuesto a atajar el cambio climático, digamos, a su manera. Hay mala baba para todo el mundo: iglesias, emprendedores tecnológicos, gobiernos europeos, plutócratas que se quieren salvar de la crisis como los animales del arca de Noé, incluso una Margaret Thatcher a quien se recuerda con un bonito dardo post mórtem.

Apenas un plano final, demasiado chusco, le sobra a este festín permanente de endorfinas cinematográficas, cerebro y diversión operando al alimón (y Mark Strong, y Michael Caine...). Con algunas escenas tan potentes como la inundación en el cuarto de los aprendices de espía, con mucho disfrute aunque todo no esté muy bien atado y con una agradable sorna tarantinesca aderezando sus dos horas ligeras. Hay efectos especiales desternillantes que recuerdan a 'Mars Attacks!', hay paraguas-proyectiles, gente trepando por las paredes, peleas filmadas como un cómic viviente y todas las virguerías que queráis. Entre el homenaje y la parodia, 'Kingsman' demuestra que se toma muy en serio sus materiales y consigue algo muy díficil: ser al mismo tiempo joven y adulta, chispeantemente moderna y a la vez sincera deudora de los referentes clásicos. Con un poco de suerte ha nacido una saga que nos hará disfrutar como enanos. Venga, no lo estropeéis.

‘KINGSMAN’, DE MATTHEW VAUGHN
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Amor sin razón

Roger-Pol Droit, filósofo

La Contra, La Vanguardia, 2/3/2015



Creernos un monobloque capaz de albergar sólo buenos sentimientos es irreal. Efectivamente somos un enjambre, un remolino (…). A la pregunta de por qué me quieres la única respuesta honesta es no lo sé. 

diumenge, 1 de març del 2015

'El libro de la vida': descubriendo el Halloween latino

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5

Lástima por el tono infantiloide y un poco bobalicón, porque si no estaríamos hablando de una de las mejores películas de animación de los últimos tiempos. Creativa, enérgica, visualmente brillante. Una oda al folclore mexicano con pespuntes de Tim Burton. Un cuento mitológico que nos traslada a los años gloriosos de ‘Aladdin’ o ‘Hércules’ –cuyos personajes cómicos, el Genio y Hades, son pura antología Disney– y que se atreve diseñar a sus personajes como muñecos de madera. ¡Olé!

Lástima por el exceso de chistecitos tontos, porque en las hechuras de Manolo y Joaquín casi creemos ver una versión hispánica y torera de Woody y Buzz Lightyear, los protagonistas de la revolucionaria 'Toy Story'. La fantasía de Jorge R. Gutiérrez, financiada por Guillermo del Toro, parece aplicar los logros de la era post-Pixar a las historias de matriz cultural-folclórica que (casi) habíamos perdido. La animación ha visitado la mitología griega, los cuentos medievales, el Halloween: ¿por qué no el Día de Muertos mexicano?

Lástima por el superávit de secundarios mediocres, porque la peculiar festividad latinoamericana, paradójicamente repleta de color y alegría, era un mundo simbólico a la espera de ser descubierto por el cine de masas. Reinterpretada por la mano maestra de Gutiérrez, esta celebración del 2 de noviembre se convierte casi en un corte de mangas latino contra el Halloween burtoniano de 'Pesadilla antes de Navidad' o 'La novia cadáver'. Aquí estamos nosotros, reímos más y somos más felices que los yanquis. Viva México cabrones. A los toreros-cadáver de Gutiérrez & Del Toro sólo les falta cantar como Mecano: "Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flores de colores".

Lástima por ese prólogo innecesario que se obstina en contar la historia desde el presente, pero incluso así, el concepto mortuorio de la cultura mexicana, ese curioso híbrido de las tradiciones precolombinas y el catolicismo, será un feliz descubrimiento para todos aquellos acostumbrados a ver la muerte con el pudor y el escalofrío anglosajón. Aquí no hay división entre vivos y muertos, sino entre el Reino de los Recordados y el Reino de los Olvidados. En los puestos de mando de ambos feudos están dos dioses totémicos prodigiosamente animados, La Catrina -dama funeral y esplendorosa- y Xibalba, un villano tan histérico y sagaz como el Yafar de 'Aladdin' o el dios Hades de 'Hércules' (qué tiempos, snif).

Una apuesta entre los dioses, como en las antiguas mitologías, desencadena la historia y nos conduce por una original revisión del mundo de la tauromaquia. El toreo no es aquí una mera celebración del cliché sureño, sino ocasión para enhebrar un relato heroico sobre el perdón, la búsqueda de la vocación y el peso de los antepasados. Una riquísima floración de significados recorre todo el relato de amistad-enemistad entre Manolo y Joaquín bajo su aspecto de entretenimiento familiar. Hay amor por la cultura mexicana, por esos poblachos entrañablemente caricaturizados. Hay ironía desarmante en esa versión improvisada de 'Creep' de Radiohead a cargo de un torero enamorado. Hay gozosas ucronías y hay, por encima de todo, un ritmo endiablado, una diversión retiniana permanente. 

Lástima que no estemos hablando de una obra maestra.

‘EL LIBRO DE LA VIDA’, DE JORGE R. GUTIÉRREZ
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'Samba': tócala otra vez, Omar

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 6,5

De las cosas buenas nos gusta repetir. O eso habrán pensado los directores de ‘Intocable’, el fenómeno cinematográfico que consiguió reunir a veinte millones de personas ante la sonrisa irresistible de un actor de origen mauritano-senegalés. El carisma de Omar Sy vuelve a conjurarse con el humor más o menos inteligente de Toledano & Nakache para lograr otra fórmula perfecta de éxito para todos los públicos, con la ayuda inestimable de esa fotografía tan exageradamente límpida y perfecta que a veces recuerda un anuncio de Benetton o Coca-Cola. A sus cuentos ejemplares les falta un poco de borrosidad, alguna que otra arruga.

Lo que funcionó en aquella ocasión se repite aquí pieza por pieza y con precisión milimétrica, por más que el resultado, ciertamente, no sea tan redondo. Si 'Intocable' jugaba al choque maniqueo y resultón entre el mundo de los occidentales y el de los inmigrantes, 'Samba' hace lo propio, sólo que cambiando el tipo de relación. Mientras la primera ensalzaba la amistad imposible entre un aristócrata parapléjico y su alegre cuidador de la banlieue, la segunda tira directamente la carta de corazones, con el romance no menos trucado entre una ex ejecutiva deprimida y un simpapeles adorable. Omar, por supuesto.

En realidad estamos ante un remedo europeo de 'Pretty Woman', barnizado con un poco de soja dramática y un aderezo dickensiano de crítica social. No importa que todo sea simplón e idealizado, importa la telegenia y el encanto hollywoodiense de sus protagonistas. Importa disfrutar con el bueno de Omar, y sobre todo con la fragilidad contenida y cautivadora de Charlotte Gainsbourg, su nueva y atípica partenaire que se revela como la estrella tapada de la función. Aunque la hija de Jane Birkin no ha heredado precisamente la hermosura venusiana de su madre, hay algo encantador y lleno de alma en su, digamos, fealdad (no diremos lo de belleza cubista porque el tópico se ha gastado con Rossy de Palma).

Gainsbourg y Sy, tan antagónicos y diferentes, incluso en su manera de interpretar, logran eso tan difícil que llamamos chispa y, sí, su encuentro confidente en una estación de servicio derrocha química, es todo verdad y calidez, te deja con la sonrisa de tonto. Ellos solitos llevan la película adelante e insuflan personalidad a sus respectivos moldes estereotipados: hombre negro vitalista y puro de corazón / mujer blanca europea con una vida decadente y víctima del estrés profesional. Gustará al lector europeo de best-sellers y al tendero nigeriano padre de familia, no habrá conflicto posible. No hay lugar para lecturas polémicas. No se remueve nada importante.

Hay que reconocer que los autores de 'Samba' nos arrancan la carcajada más de una vez: con los enredos idiomáticos en la ONG, con el gag del calentador o con la fuga por los tejados de los dos inmigrantes compañeros de fatigas -Tahar Harim sorprende con su vis cómica tras la sombría 'Un profeta'-. Pero, a decir verdad, la secuela encubierta de 'Intocable' queda bastante lejos del gancho y el ritmo cómico de su predecesora, con la que comparte en cambio todo su paternalismo, falta de riesgo y sentimentalismo manipulador. Es como una de esas chocolatinas con menta, un placer flojito que no hace daño.

‘SAMBA’, DE OLIVIER NAKACHE Y ERIC TOLEDANO
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divendres, 27 de febrer del 2015

La primavera vegada

Joan Pau Inarejos
La primavera vegada vaig pensar que estava somiant. No estava preparat per descobrir-te entre reflexos irisats esperant algú com jo. Des que em vas mirar per primavera vegada, sempre t'imagino voltada d’ametllers blancs, imprudentment despreocupada de què serà de nosaltres o quin temps farà demà. Sempre has tingut el do d’aparèixer quan menys t’esperàvem i més et necessitàvem. Després del llarg encongiment de l’hivern, sempre arribes tu.

Puc recordar l’origen de moltes coses, però tu, com vas començar? Un misteri sensual i inextricable, com el capoll de la rosa, envolta el teu principi últim. Hi ets sense cap necessitat, i, tanmateix, hi ets. La teva besada llarga ens deixa flotants i vulnerables, com un tronc que no sap que s'acosta a la vora de la cascada. Sense saber per què, tornem a tenir ganes de cantar, i la por de morir sembla un malson d’una mala nit. Pols que es desfà; llum viva que asseca el plor de la terra.

Per culpa teva, perquè ets una promesa de festa, dimiteixo de les meves obligacions melangioses i he de negligir les rutines ermitanes que tant m’havia costat de conquerir. Sempre t’ho fas anar bé per distreure’m amb el teu cant infantil, i no hi ha cap feina en aquest món que es pugui acabar amb la teva piuladissa al mig de tot arreu. 

Quan estens la teva ombra rosada, els meus avis tornen a ser joves, i tot és com el preludi d'un diumenge multitudinari. El cel torna a ser prou ample per encabir-nos a tots. Avui et torno a trobar, o em tornes a trobar tu, no ho sé, i encara que ens coneixem cada bri de cos, encara que ens podríem reconèixer amb dits amants de cec, sempre és com la nostra primavera vegada.

dissabte, 7 de febrer del 2015

Hollywood es para las desquiciadas


Olsen en 'Marta Marcy May Marlene', Stone en 'Birdman' y Lawrence en 'Birdman'
Joan Pau Inarejos
La película soñada reuniría a Elizabeth Olsen, Emma Stone y Jennifer Lawrence, y, en el mejor de los casos, todas estarían para encerrar. Locas, traumatizadas o alteradas por sustancias, eso nos da igual. Estamos quizá ante las tres actrices jóvenes con más brillante porvenir en Hollywood; las tres son, año arriba, año abajo, de la generación de 1990 –sí, hay gente que ha nacido después de la caída del muro- y las tres nos han cautivado con personajes que no estaban muy en sus cabales. Huelga decir que el plural mayestático sólo representa la opinión, parcial pero insobornable, de este humilde bloguero.

Las tres han logrado vencer el peligroso cliché de Barbies del celuloide, aunque bien es cierto que en sus rostros está el bello arte de la imperfección. Emma Stone tiene unos anormales ojos saltones –Woody Allen le dijo, por boca de Colin Firth, que sólo estaba guapa a las ocho y media bajo la luz de la luna–, en Elizabeth Olsen asoma la sonrisa reptil de sus hermanas, las estomagantes gemelas Olsen, y Jennifer tiene esas facciones hinchables que pueden recordar a una muñeca de funciones espurias, o peor, a Brenda de Sensación de vivir. Son a la vez raras y telegénicas, porque a ver, ¿quién se quedaría mirando noventa minutos a la Venus de Milo?

Alguna extraña chispa, cierta melancolía, une a estas tres mujeres que podían haber sido polvo de estrellas pero que hoy brillan con luz propia. Jennifer Lawrence despuntó en el drama gélido ‘Winter’s bone’ y puso carisma en la trivial ‘Los Juegos del Hambre’, pero donde nos convenció definitivamente fue en ‘Silver Linnings Playbook’ (‘El lado bueno de las cosas’, 2012), una comedia romántica protagonizada por desequilibrados mentales. Tiffany es una viuda deslenguada con fama de ninfómana que hace todo lo posible por seducir y a la vez sacar de sus casillas a un Bradley Cooper no menos ido que ella. Intuimos que en la Jennifer real hay algo de esa eterna adolescente, huraña y eruptiva, quizá demasiado precoz o en guerra con el mundo, que vive latente en todos sus personajes (aunque ahora pretenda engañarnos con esas poses de Cenicienta moderna tropezando en las escaleras de los Oscar).

Elizabeth Olsen es la prueba darwinista de que la genética puede dar sorpresas esperanzadoras y mejorar los modelos anteriores. Si las gemelas Ashley y Mary-Kate se cuentan entre las peores plagas que han asolado el mundo de la televisión, la pequeña Elizabeth dio la sorpresa con ‘Martha Marcy May Marlene’ (2011), un drama ambientado en el mundo de las sectas. La benjamina de las Olsen se desembaraza del recuerdo frívolo y empalagoso de su saga familiar para interpretar a una joven atrapada entre una hermandad alienadora y un hogar que tampoco siente suyo. La triste peripecia de Martha, sufriente y convincente, obliga a revisar aquella máxima popularizada por ‘El mago de Oz’ de que se está mejor en casa que en ningún sitio. Martha Marcy May Marlene, con su intrincada concatenación onomástica, fue el bautizo de fuego de una actriz.

Y así llegamos hasta ‘Birdman’ (2014), la aclamada fantasía cómica de Alejandro González Iñárritu, que no sería lo mismo sin su elenco de actores magníficamente alineados y dirigidos. Mucho se ha dicho de la meritoria autoparodia del ex Batman Michael Keaton, o de la hilarante sobreactuación de Edward Norton, pero por aquí preferimos el contrapunto de Sam, la hija descarriada del dramaturgo, encarnada con una parquedad pasota por Emma Stone. La de Arizona no parece seguir ningún método, y ahí está su raro encanto: actúa con aparente espontaneidad, al dictado de nadie, con un aire entre naif y colocado, high all the time, como si siemprese hubiera fumado un porro en el camerino (y se fuma unos cuantos en 'Birdman'). Como si sus ojos a punto de salir de las órbitas pudieran ver cosas volando en el cielo. Con sus trucos juveniles le dio vidilla a todo un señor como Woody Allen en 'Magic in the moonlight', aquella película donde las señales de tres golpes anunciaban cosas prodigiosas. Como ellas.

divendres, 6 de febrer del 2015

Pagar por llorar

Imma Monsó
Artículo ‘Somos breves’ en La Vanguardia, 5/2/2015

Dicen los expertos en mentes que esta falta de ritos para mostrar el duelo en público nos condena a interiorizar el duelo, a vivirlo en la intimidad como si se tratara de una dolencia que debiera ser camuflada. (…) Algo echamos de menos y es probable que un día u otro tengamos que reconciliarnos de nuevo con los ritos de la muerte. Por lo pronto, los americanos, siempre tan emprendedores, ya han creado una especie de agencias de ritos que organizan muestras de duelo y rituales para poner en común el dolor. Es probable que (como somos tan tontos que pagamos por todo lo que antes hacíamos gratis) al final acabemos pagando hasta por llorar a los muertos.

dimarts, 3 de febrer del 2015

'Magical Girl': vomítame, mézclate conmigo

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7

Lo que el vómito ha unido, que no lo separe el hombre. No es que sea una imagen especialmente poética, pero una regurgitación providencial, poderosamente arrojada desde el balcón, es el peculiar pretexto con el que se encuentran una serie de personajes dispares en la película ganadora de la Concha de Oro de San Sebastián 2014. Una joven con desequilibrios mentales, una niña enferma que sueña con ser heroína de dibujos animados, un profesor de matemáticas de intenciones oscuras. La oportuna vomitona los acopla a todos, con el viscoso pegamento de los chantajes morales.

‘Magical Girl’ podría parecer un culebrón sin pies ni cabeza si no fuera por la elegancia con que lo cuenta Carlos Vermut. Un experimento a medio camino del drama, el cine negro y la extravagancia almodovariana, cuya cadena de sucesos resulta tan inverosímil como extrañamente adictiva. Y más con la presencia y la mirada de Barbara Lennie, turbadora dama trastornada, nuevo icono del cine español gracias a esa cicatriz sangrante en la frente, espléndida en su progresivo descenso a los infiernos para salvar su frágil matrimonio. O de la jovencísima Lucía Pollán, dando lecciones de interpretación a sus doce años.

La promoción de la película nos insta a tener cuidado con lo que deseamos, y en efecto, hasta el amor paterno más limpio de corazón se convierte aquí en insospechada palanca para un diabólico engranaje de miserias y traiciones. Gente que mata y miente por su trozo de felicidad. Mezquindades que no entienden de edad o clase social, ora en una humilde familia monoparental, ora en un prostíbulo lujoso y temible como el infierno de Dante. Con una banda sonora irreverente que ahora te puede poner una copla española y después una pegadiza música de anime japonés. 

La estrafalaria red de historias de 'Magical Girl' habla de cosas muy, muy graves -enfermedad, violencia, abusos- y sin embargo no abundan las escenas explícitas o morbosas. Al contrario, casi todo está sobreentendido en su montaje frío y silencioso, con asuntos pretéritos de los que no se habla y puertas misteriosas que se cierran en las narices del espectador encendiendo nuestra pérfida imaginación. De hecho, la escena más tensa de la película es de una extrema austeridad de recursos: una mujer de espaldas con un bebé en brazos. No ocurre nada, nadie grita ni golpea nada, pero cuánto peligro hay en esa mujer de mente vulnerable. Ese es el verdadero terror: lo que sólo sabemos el director y nosotros, lo que que ignoran el resto de personajes.

Atentos al diseño de producción, con imágenes cuidadosamente planificadas para perdurar en la retina: la aparición de la niña disfrazada en el comedor, el encuentro exótico entre una dama de negro con paraguas y una actriz esnob que toma el sol en la piscina, ese desnudo femenino repleto de llagas como un ecce homo... 'Magical Girl' no es una película al uso, más bien es una rareza muy rara, por decirlo redundante, que se salva de la categoría de rollo patatero gracias a una feliz circunstancia que no siempre se da en estos casos. Su director se la cree.

‘MAGICAL GIRL’, DE CARLOS VERMUT
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