dimecres, 28 de gener del 2015
En defensa de la Edad Media
dilluns, 20 d’octubre del 2014
La nación es un mañana
dimarts, 17 de maig del 2011
Ante la muerte de Bin Laden
ANTONI PUIGVERD
divendres, 10 d’abril del 2009
La pesadilla de la Tierra Prometida
SLAVOW ZIZEK
"Cuando un sueño de mil años se acerca finalmente a su cumplimiento, sólo puede convertirse en una pesadilla"
Si hubo alguna vez un apego apasionado hacia un objeto perdido, una negación a aceptar su pérdida, es el apego judío hacia su tierra y Jerusalén, el "[Nos vemos] el año que viene en Jerusalén". Y, ¿no son los problemas actuales la prueba suprema de las consecuencias catastróficas de tal fidelidad radical cuando se toma al pie de la letra? Durante los últimos dos mil años, cuando los judíos eran fundamentalmente un pueblo sin territorio, viviendo permanentemente en el exilio, sin raíces firmes en sus lugares de residencia, su referencia a Jerusalén era fundamentalmente puramente negativa, una prohibición de "pintar una imagen del hogar", de sentirse en casa en ningún lugar del mundo. Sin embargo, con el proceso de regresar a Palestina, que comenzó hace un siglo, el Otro Lugar metafísico quedó directamente identificado con un lugar determinado de la tierra. Cuando los judíos perdieron su tierra y la elevaron hasta convertirla en el mítico objeto perdido, "Jerusalén se convirtió en mucho más que un trozo de tierra: se convirtió en la metáfora de la llegada del Mesías, de un hogar metafísico, del vagar que caracteriza la existencia humana. El mecanismo es bien conocido: después de que se ha perdido un objeto, se convierte en un símbolo de mucho más, de todo lo que perdemos en nuestra vida terrenal. Cuando un sueño de mil años se acerca finalmente a su cumplimiento, ese cumplimiento sólo puede convertirse en una pesdilla.
dimecres, 10 de setembre del 2008
La España gótica frente a la España romana


JUAN REGLÁ
Castilla quiere ‘rehacer’ España verticalmente según la tradición visigoda, mientras que la Corona de Aragón se propone ‘hacer’ España con el molde horizontal romano
La idea de España según el molde romano, el cual preconiza una integración “horizontal” (…) empieza a entrar en crisis con el desarrollo del pretendido molde germánico, visigodo, según el cual Castilla, heredera de Asturias y León, y de la monarquía visigoda, tenía como misión “rehacer” en un sentido “vertical” la unidad de España.
(…) creo que en las postrimerías del siglo XIV y durante el siglo XV hay una situación de hecho: el crecimiento de Castilla –entonces exaltada míticamente por los Trastámaras- y el colapso de Cataluña, lo que condiciona la clara hegemonía castellana, bastante al margen aún del visigotismo de los tiempos contemporáneos. A mi parecer, el goticismo es un descubrimiento romántico, que toma cuerpo durante la Restauración, para convertirse en mito –por parte de Menéndez Pidal sobre todo- con la generación del noventa y ocho.
En uno de sus últimos trabajos, dedicados precisamente al Compromiso de Caspe, don Ramón intenta presentar la elección de Fernando de Antequera como una anilla más de la cadena hacia la reconstrucción de la España goda, la herencia de la cual, es decir, la misión de rehacer la unidad bajo su cuño, habría pasado a Castilla por los caminos del mozarabismo y de los reinos de Asturias y León (…).
Parece evidente, pues, que en el proceso de la unidad española entre los Reyes Católicos y el primer Borbón influyó mucho más –a mi parecer- la herencia común de la ‘Hispania’ romana, que pedía, como hemos dicho, una integración “horizontal”, entre “iguales”, en vez del supuesto “verticalismo” visigodo. La común herencia romana en el “hacer” de España es el molde de la organización constitucional de la monarquía hispánica de los Reyes Católicos y de los Habsburgo, calcada precisamente en la vertebración política de los reinos de la Corona de Aragón.
Fernando es un héroe renacentista e ilustrado, mientras que Isabel es la heroína del romanticismo y del redescubrimiento gótico
Vale la pena recordar ahora que de los Reyes Católicos, el aragonés, Fernando, exaltado por Gracián, es el héroe entre el Renacimiento y la Ilustración, esto es, con la perduración del romanismo; en cambio, la castellana, Isabel, suplanta a su marido en el papel de heroína con el romanticismo y consiguiente descubrimiento del goticismo: el año 1820 aparece, en efecto, el conocido ‘Elogio’ de la reina Isabel, del académico don Diego Clemencín.
La influencia romana es invocada continuamente por los tratadistas de la época (…). Lo mismo se manifiesta con la idea que los consejeros de Barcelona tienen del imperio de Carlos V. Al felicitar a Carlos por ser elegido Emperado (…) aluden a Carlomagno y aseguran que Carlos presidirá un nuevo siglo de oro de la romanidad (“tornaràn los temps que los antichs apel·laren aurea secula”), basada en la ruenificación de los dos Imperios, Occidente y Oriente, como en tiempo de Augusto y sus inmediatos sucesores.
JUAN REGLÁ, HISTORIA DE CATALUÑA, 1974
FOTOS: el apuntamiento gótico de la catedral de Burgos (izquierda) frente al amplio espacio interior de Santa Maria del Mar, en Barcelona (derecha). El gótico vertical castellano frente al gótico horizontal mediterráneo. Símbolo de poder político y espiritual frente a espacio de raigambre civil y mercantil.
dimecres, 5 de març del 2008
Mitos de Viena
¿El Danubio Azul?
En 1600 se abrió el canal del Danubio y se terminó de regular en 1870, tras una desastrosa inundación: de hecho, la ciudad del "bello Danubio azul" queda a buena distancia del río propiamente dicho. El verdadero río de Viena, el que le da su nombre desde la romana Vindobonam es el Wien, una modesta e irregular corriente, hoy en parte cubierta, después de haber servido muho tiempo como alcantarilla (...). Se ha dicho que Viena se consoló de la derrota de Sadova [frente a Alemania], como en todas sus desgracias posteriores, con un vals, 'El bello Danubio azul': la verdad es que esta pieza (...) se popularizó en Viena sólo después de triunfar en el extranjero.
El café
Hay que rendir aquí un homenaje al café vienés, no por nada centrado en ese brebaje tan estimulante para el espíritu: los turcos, al levantar el sitio a Viena por última vez, habían dejado atrás unos sacos de cierta semilla (...). Eso ocurría, por cierto, en 1683, el mismo año en que se abría en Venecia el primer local para la "degustación", como se dice técnicamente, de esa bebida que había llegado de Turquía por el Adriático y que, en el siglo siguiente, el veneciano Procope difundiría en París (...). Así pues, el café tuvo en Viena otra línea de entrada en Europa en confluencia con la línea veneciana-parisina (...). Pero el café en Viena se acompañó de un recordatorio especial de su origen turco: la media luna transformada en sabrosa repostería, el 'Kipfel', universalizado con el nombre francés de 'crosissant', "creciente", según el cual hay que situar esta pasta orientándola en forma contraria de la C para que responda al símbolo religioso mahometano.
En los cafés (...) había tableros de ajedrez, tal vez billares al fondo, y cruzándolo todo y agitando el humo del tabaco, una corriente de aire contra la cual muchos clientes conservaban el abrigo y el sombrero puesto (...). Edmund Wengraf diría: "el café vienés ha devorado nuestra inteligencia y nuestra cultura" y ponía el oloroso brebaje como símbolo de corrupción: "De la oscura infusión se levantan vapores que nublan nuestra visión, que nos ciegan e idiotizan". Ciertamente, había peligro de creer que la literatura consistía en deslumbrar a los contertulios del café y de hecho en los cafés se daban por existentes, y aun por superados, movimientos que apenas habían empezado a existir. En aquel ambiente se lanzaban los descubrimientos: Nietzsche se ponía de moda, y cierta muchacha captaba el interés de las tertulias recitando de mesa en mesa páginas de Kierkegaard.
Viena católica
En la época de la Reforma, el protestantismo se había extendido a las cuatro quintas partes de los habitantes del núcleo austríaco, pero la contraofensiva jesuítica, allí como en Baviera, y mejor aún que en Polonia y Hungría, reconquistó la mayoría de la población, haciendo de Austria un sólido pilar del catolicismo contrarreformador.
Éste sin embargo, implicaba dar al César mucho de lo que era de Dios: estos soberanos del XVIII asumieron el "derecho de presentación" de los obispos (...) dieron a la Universidad de Viena una fisonomía menos dependiente de los jesuitas (...), fundaron el Burgtheater (...): era la gran Viena, la de las fachadas entre barroco y rococó, la de Mozart y Haydn.
El águila de dos cabezas
Heráldicamente, la dualidad austro-húngara se representa en el águila negra de dos cabezas y dos coronas sobre fondo amarillo: animal engañoso, en cuanto que no había verdadera simetría, como lo expresaba el hecho de que el monarca se titulara emperador en Austria y rey en Hungría. La oscura clave de este embrollo se forma con la inicial "k", repetida o no: Musil, en 'El hombre sin propiedades', transforma sarcásticamente esa letra como seudónimo del imperio, en el nombre "Kakania": "era imperial y real (kaiserlich und königlich).
Marca del este
La gran Viena centraba el bastión final de la Europa más propiamente dicha ante el mosaico eslavo -y ante el Imperio turco, todavía en el Adriático-. Metternich diría: "Asia empieza en la Landstrasse", esto es, en la avenida a donde se asomaba su propio palacio vienés (...).
Austria perdió Lombardía y Piamonte (...). Sólo en el Sur, frente al envejecido imperio turco (...) le cupo a Austria-Hungría un modesto avance, ocupando Bosnia en 1878, aunque sin formalizar la anexión hasta 1908; malhadado episodio, que daría lugar al comienzo de la Primera Guerra Mundial (...). El heredero del imperio [Franciso Fernando, sobrino de Francisco José] fue asesinado en Sarajevo, capital de la anexionada Bosnia, por nacionalistas servios.
La 'Marcha Radetzky'
La somnolencia de la vida vienesa quedó atónitamente rota en 1848 (...). La agitación fue aplastada por la fuerza, y no sólo en Viena, sino en los dominios que quisieron entonces sacudirse el yugo austríaco: así, los italianos del Norte fueron dominados por el general Radetzky, en cuyo honor compuso el luego llamado "Strauss padre" esa célebre marcha que todavía es una de las músicas que ponemos mentalmente a las glorias del 'finis Austriae'.
Lejos de Alemania
Algún historiador ha sugerido que habría sido mejor para Austria permitir que Hungría (...) se separara por su lado (...). Cierto que, en ese caso, Austria, que con Metternich, había conservado la presidencia de la Confederación Germánica aun dejando a Prusia el protagonismo militar como defensora ante Francia, habría acabado por ser absorbida en el movimiento de unificación germánica que tendría a Prusia por locomotora. Pero eso era precisamente hacia lo que se inclinaría, entonces y siempre, la mayoría de los austríacos germanos, y lo que habría ocurrido de todos modos sin el orgullo imperial de los Habsburgo.
Prusia seguiría su empuje hegemónico, con Mismarck desde 1860, y en 1866, en la batalla de Sadova (...) derrotó a Austria, que a partir de entonces quedó marginada de la naciente Alemania -desde 1870, el segundo Reich alemán, proclamado en París después de vencer a los franceses-. El imperio austrohúngaro, ahora más bien "potencia danubiana" pervive como segundo violín al lado del alemán, y así se evidenciaría de modo terminal en las guerras mundiales del siglo XX.
[Tras la Primera Guerra Mundial] los vencedores rechazaron la pretensión austríaca de unirse a la también derrotada Alemania -la vieja inclinación proprusiana resurgía en el momento menos oportuno, buscando ahora alianza y compañía en la calamidad-: sería la "República Austriaca", con seis millones de los más de cincuenta que tenía el imperio, pero con la misma capital, ahora macrocéfala: Viena.
La emperatriz Sissi
Francisco José reinaría [desde 1848] con a famosa Elisabeth, "Sissi", sobrina suya (...). El aura que rodearía a Sissi, lectora entusiasta de Heine y celebrada a su vez por Gabrielle d'Annunzio, empezaba en la historia de su compromiso (...). Se dedicó la mayor parte del tiempo a viajar -sobre todo para visitar manicomonios-, hasta que en 1898, al ir a tomar un barco en el lago de Ginebra, la mató a puñaladas un solitario anarquista italiano.
Cuna del movimiento judío
Uno de los aspectos del liberalismo austríaco fue la emancipación legal de los judíos y su contragolpe, el antisemitismo -término creado por Wilhelm Marr en 1879- (...). Huyendo de lor 'pogrom' del Este y por conveniencias de trabajo empiezan a llegar a los suburbios vieneses (...). Hacia 1900, la tercera parte de los estudiantes de la Universidad de Viena eran judíos; en cuanto a los escritores (...) lo más práctico es suponer que son todos judíos mientras no se demuestre lo contrario. En la carrera militar, en cambio, entran tarde y con dificultades (...). Parece que el milenario desarraigo judío, sin posibilidad de enraizamiento agrícola, hubiera entrenado su mente para la capacidad de abstracción (...) propia no sólo de la economía comercial y bancaria, sino de la ciencia pura y de esa forma de contemplación alienada del mundo que es la literatura (...). Su mismo éxito contribuyó a una fácil demagogia segregadora (...), en primer lugar entre los pequeños comerciantes, nerviosos ante aquellos más dinámicos competidores (...) en seguida, entre los estudiantes, donde los jóvenes de viejas familias se veían desbordados por aquellos esforzados "empollones" que habían de superar con su esfuerzo la ausencia de una tradición que los protegiera (...). Como consecuencia, muchos judíos no sólo llegaron a defender con más fuerza una identidad que en principio no habían deseado hacer valer, sino que surgió entre ellos, en Viena, el sionismo, el movimiento de búsqueda de una nueva "tierra prometida". Y lo más notable es que fundara ese movimiento Theodor Herzl, un esteticista literaro.
¿Viena monumental?
Mientras que la Ópera se parecía a la de París, de Tony Garnier, en el Parlamento había que hacer una alusión a la democracia ateniense, y, en efecto, el edificio muestra las columnas y el frontón del neoclasicismo. Siguiendo ese espíritu de mascarada arquitectónica, propio de la época, no sólo en Viena, el Ayuntamiento (1872-1883) presenta un neogótico no muy lejano a la "iglesia votiva" pero con alusiones a los antiguos ayuntamientos de los Países Bajos -arquetipos de espíritu municipal-, a la vez que el Parlamento londinense. Y así sucesivamente: la nueva Universidad tiene ciertos elementos renacentistas...
La historia perdida
Viena tiene un aire soñoliento un poco vacío, con palacios a escala mayor que su tamaño natural de hoy: conservadora y un poco fuera del tiempo, disfruta de la marginalidad de su país, tierra neutralizada en el borde de un mundo enfrentado con otro, nación bien cuidada pero sin ánimo de grandezas. Viena tiene derecho histórico a descansar.
JOSÉ MARÍA VALVERDE, 'VIENA, FIN DEL IMPERIO' (1990)
dimecres, 30 de maig del 2007
La vanguardia nazi
JOHN GRAY
Los nazis provenían de un mundo de tranvías e industria pesada. Se valieron de mítines multitudinarios para destruir las instituciones parlamentarias y de medios de comunicación de masas como instrumento para reorganizar la sociedad. Si tuvieron precursores artísticos, éstos se encontraban en los movimientos de vanguardia como el expresionismo y el futurismo (…).
Se ha considerado con frecuencia que el nazismo constituía una agresión a los valores occidentales. En realidad, tal como sucedía con el comunismo soviético, encarnaba una de las más potentes tradiciones occidentales.
Los nazis se consideraban a sí mismo como revolucionarios en pie de igualdad con los jacobinos y los bolcheviques. En la novela que Arthur Koestler escribió durante la guerra, ‘Arrival and Departure’, un diplomático nazi con tendencia a filosofar (…) declara que el nazismo es más internacionalista que la Revolución francesa o que el comunismo soviético (…):
“Cierra los ojos. Imagina que Europa es, hasta los Urales, un espacio vacío en el mapa. Sólo existen campos de energía: energía hidráulica, minerales magnéticos, vetas de carbón bajo la tierra, pozos de petróleo (…). Acaba con esos ridículos límites sinuosos, con esas murallas chinas que cortan por la mitad nuestros campos de energía (…), liquida a la población excedente en aquellas zonas en las que no se necesita (…), elimina cualquier línea de fuerza perturbadora que pudiera intercalarse en tu red, es decir la influencia de las iglesias, de los capitales extranjeros, de cualquier sistema filosófico, religioso, ético o estético del pasado…”.
Los nazis repudiaban el pasado y abrazaban la tecnología moderna como instrumento de poder humano, incluyendo el poder de perpetrar un genocidio a una escala hasta entonces carente de precedentes.
diumenge, 20 de maig del 2007
¿En qué hablan los judíos?
JESÚS MOSTERÍN: 'LOS JUDÍOS. HISTORIA DEL PENSAMIENTO'
El pueblo de Palestina fue abandonando el hebreo y adoptando el arameo desde -500, aproximadamente. Jesús y sus discípulos hablaban en arameo. Desde -300 en las ciudades de la costa se fue imponiendo el griego, pero el arameo seguía siendo la ‘lingua franca’ de los semitas. Esta situación se mantuvo hasta el siglo VII, en que el arameo fue suplantado por el árabe.
Los judíos siempre habían sabido adaptarse a las nuevas tendencias. De hecho, desde el exilio en Babilonia habían olvidado el hebreo, y habían ido adoptando para sus escritos sucesivamente la lengua cosmopolita de cada momento: el arameo, el griego, el árabe, el latín, el alemán y el inglés. Filón escribió en griego; Maimónides, en árabe; Spinoza, en latín; Einstein, en alemán.
El hebreo siempre se había conservado como lengua litúrgica entre los rabinos, pero llevaba casi dos mil años sin hablarse como lengua viva. Era una lengua muerta, como el sánscrito entre los brahmanes de la India o el latín en el catolicismo preoconciliar.
Fuera del contexto litúrgico, los judíos de la diáspora hablaban la lengua del país que habitaban o bien un dialecto de ésta peculiar de los judíos y con algunos hebraísmos, como el ‘yídish’ (dialecto del alemán hablado por los judíos centroeuropeos o ‘ashkenazim’), el ladino (dialecto del español hablado por los sefardíes o ‘sefaradim’) o el mughrabi (dialecto del árabe con mezcla de hebreo y de francés).
Uno de los logros más sorprendentes del sionismo ha sido el resurgimiento de la lengua y la literatura hebreas, tras un paréntesis de 2.500 años. El movimiento sionista decidió resucitar el hebreo como lengua de comunicación entre los diversos grupos de emigrantes judíos que llegaban a Israel hablando lenguas distintas.
La resurrección del hebreo fue en gran parte obra de un solo hombre, Eliezer Ben-Yehudá (1858-1922). Nacido en Lituania, a los diecisiete años tuvo una revelación: había que restaurar la nación judía en su solar ancestral y había que resucitar su antigua lengua hebrea (…). Los judíos ortodoxos de Jerusalén no estaban de acuerdo con el uso civil y político de la lengua sagrada, y pronunciaron un ‘jérem’ (excomunión) contra Ben-Yehudá. Incluso hoy en día los ‘ashkenazim’ ultraortodoxos siguen hablando en ‘yídish’ y reservan el hebreo para usos religiosos. Per poco a poco, el hebreo fue siendo adoptado primero por las escuelas judías y luego por el Estado de Israel (…).
Con la creación del Estado de Israel se han realizado “milagros” como la irrigación del desierto y la derrota militar de enemigos mucho más grandes y poderosos, pero nada iguala el prodigio taumatúrgico de la resurrección de una lengua que llevaba dos mil quinientos años muerta.
dijous, 1 de febrer del 2007
La dictadura del bien
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
“Fuera de las leyes- dice Saint-Just [Louis Antoine Léon de Saint-Just, líder revolucionario francés aliado con Robespierre, 1767-1794]- todo es estéril y está muerto”. Es la república romana, formal y legalista. Sabida es la pasión de Saint-Just y de sus contemporáneos por la antigüedad romana. El joven decadente que, en Reims, se pasaba horas con los postigos cerrados, en un cuarto con colgaduras negras, adornadas con lágrimas blancas, soñaba con la república espartana.
“Saint Just soñaba con una nación vegetariana”
El autor de ‘Organt’, largo y licencioso poema, experimentaba tanto más la necesidad de frugalidad y virtud. En sus instituciones, Saint-Just negaba la carne al niño hasta la edad de dieciséis años y soñaba con una nación vegetariana y revolucionaria.
“El mundo está vacío desde los romanos”, exclamaba. Pero se anunciaban tiempos heroicos; Catón, Bruto, Mucio Escévola volvían a ser posibles. De nuevo florecía la retórica de los moralistas latinos. “Vicio, virtud, corrupción”, estos términos se repiten constantemente (…). La razón era simple. Aquel bello edificio, Montesquieu lo había visto, no podía prescindir de la virtud. La Revolución francesa, pretendiendo construir la historia en un principio de pureza absoluta, abre los tiempos modernos al mismo tiempo que la era de la moral formal.
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
El fracaso de la línea recta
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
Hegel ponía soberbiamente fin a la historia en 1807, los saintsimonianos consideraban que las convulsiones revolucionarias de 1830 y 1848 eran las últimas. Comte murió en 1857, disponiéndose a subir al púlpito para predicar el positivismo a una humanidad de vuelta por fin de sus errores. A su vez, con el mismo romanticismo ciego, Marx profetizó la sociedad sin clases y la solución del misterio histórico. Más sagaz, con todo, no fijó la fecha (…).
“El movimiento revolucionario vivió, como los primeros cristianos, en la espera del fin del mundo”
El movimiento revolucionario, a fines del siglo XIX y a comienzos del XX, vivió como los primeros cristianos, en la espera del fin del mundo y de la parusía [retorno] del Cristo proletario. Es conocida la persistencia de este sentimiento en el seno de las primitivas comunidades cristianas. Todavía a finales del siglo IV, un obispo del África proconsular calculaba que le quedaban ciento un años de vida al mundo (…).
Este sentimiento fue general en el siglo primero de nuestra era y explica la indiferencia que mostraban los cristianos por las cuestiones puramente teológicas. Si la parusía estaba próxima, era a la fe ardiente más que a las obras o a los dogmas a la que había que consagrarlo todo. Pero (…) la parusía evangélica se alejó; vino san Pablo a construir el dogma. La Iglesia dio un cuerpo a aquella fe que no era más que una pura tensión hacia el reino venidero (…).
“La parusía evangélica se alejó y vino san Pablo a construir el dogma; un movimiento similar nació del fracaso de la parusía revolucionaria”
Un movimiento similar nació del fracaso de la parusía revolucionaria. Los textos de Marx ya citados dan una idea justa de la esperanza ardiente que era entonces la del espíritu revolucionario. A pesar de los fracasos parciales, aquella fe no dejó de crecer hasta el momento en que se halló, en 1917, ante sus sueños casi realizados. “Luchamos por las puertas del cielo”, había gritado Liebknecht [Karl Liebknecht, dirigente socialista alemán, 1871-1919]. En 1917, el mundo revolucionario creyó haber llegado realmente ante aquellas puertas (…).
Pero Spartakus [movimiento socialista alemán] fue aplastado, fracasó la huelga general francesa de 1920, el movimiento revolucionario italiano fue yugulado. Liebknecht reconoció entonces que la revolución no estaba madura (…).
Pero también, y comprendemos ahora cómo la derrota puede sobreexcitar la fe vencida hasta el éxtasis religioso: “Con el estruendo del derrumbamiento económico cuyo fragor suena ya próximo, las tropas dormidas de proletarios despertarán como con las trompetas del juicio final, y los cadáveres de los luchadores asesinados se pondrán en pie y pedirán cuentas a los que están cargados de maldiciones”.
“La nueva Iglesia se hallaba de nuevo ante Galileo: para conservar la fe, negaría el sol y humillaría al hombre libre”
Entre tanto, él mismo y Rosa Luxemburg fueron asesinados; Alemania se precipitaría a la servidumbre. La revolución rusa quedó sola, viva contra su propio sistema, lejos aún de las puertas celestiales, con un Apocalipsis por organizar (…). La nueva Iglesia se hallaba de nuevo ante Galileo: para conservar la fe, negaría el sol y humillaría al hombre libre.
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
Los revolucionarios, en liza contra el arte
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
“La Revolución Francesa guillotina al único poeta de su tiempo”
Saint-Just echa pestes contra los espectáculos (…) y quiere que la Razón sea personificada por una persona “virtuosa antes que bella”. La Revolución francesa no engendra a ningún artista, sino únicamente a un gran periodista, Desmoulins, y a un escritor clandestino, Sade. Al único poeta de su tiempo lo guillotina. El único gran prosista se exilia en Londres y aboga por el cristianismo y la legitimidad. Un poco más tarde los sansimonianos exigirán un arte “socialmente útil” (…).
“A aquellos mármoles de Venus y Apolo, en Rusia se les acabó dando la espalda”
Ese tono también es el de los nihilistas rusos. Pisarev proclama la caída de los valores estéticos en provecho de los valores pragmáticos. “Preferiría ser un zapatero ruso antes que un Rafael ruso”. Para él, un par de botas es más útil que Shakespeare. El nihilista Nekrásov, gran y doloroso poeta, afirma sin embargo que prefiere un trozo de queso a todo Pushkin.
Es conocida, por última, la excomunión del arte pronunciada por Tólstoi. A aquellos mármoles de Venus y Apolo, dorados aún por el sol de Italia, que Pedro el Grande había hecho llevar a su jardín de verano, en San Petersburgo, en la Rusia revolucionaria se les acabó volviendo la espalda. A veces la miseria se aparta de las dolorosas imágenes de la felicidad.
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
dijous, 14 de desembre del 2006
Com Google ens ha canviat la vida

Però les identitats ja no són el que eren, si se’ns permet d’expressar-ho ingènuament. Ara són “punts” en un pla homogeni: els nusos de la xarxa o, més ben dit, de ‘les’ xarxes (les virtuals d’internet, naturalment, però també les culturals, les comercials, etc.). Sense nusos identificables, ens quedem fora, en la mesura que l’intercanvi efectiu (d’informació o de mercaderies convencionals, tant hi fa) no és possible en una realitat monòtona, és a dir, sense distintius, sense senyals orientadors. La condició de possibilitat del Google, per exemple, són les identitats ‘detectables’. El resultat d’una cerca amb el Google no respon a un ordre alfabètic o numèric, sinó a cercles concèntrics articulats entorn d’un punt, d’un nus localitzable en el laberint de la xarxa.
Tot això pot semblar molt abstracte, o fins i tot purament metafòric, però en realitat és força més tangible i terrenal. El món del passat –el de l’enciclopèdia de paper- funcionava linealment. Després de la lletra A venia la B, i després la C. Antonin Artaud estava al primer volum, i Bertolt Brecht al segon. Ara les coses funcionen d’una altra manera. Artaud o Brecht no “estan” enlloc però, alhora, estan a tot arreu, disponibles en milers i milers de planes web increïblement heterogènies. Trobar-los depèn de la nostra capacitat d’’identificar’ –no d’’ubicar’- allò que estem buscant exactament. Ja no hi ha llocs, sinó referents identitaris que ens fan possible l’accés a certs llocs. Es tracta d’un fenomen que Manuel Castells va explorar en el segon volum de la seva trilogia sobre la societat de la informació.
Aquesta centralitat de la identitat té unes conseqüències incalculables tant des d’una perspectiva cultural com política. Al segle XXI estem parlant i debatent sobre Occident amb relació a l’Islam (identitats culturals), sobre els drets de la comunitat gai (identitats de gènere), sobre la possibilitat d’aplicar polítiques multiculturals (identitats ciutadanes), sobre si Catalunya és o no una nació, o sobre si el Quebec té o no dret a la independència (identitats nacionals), sobre si una determinada fe ha de tenir una projecció pública o només privada (identitat religiosa). Parlem i debatem sobre globalització, sobre immigració, sobre integració, sobre aculturació, sobre memòria històrica.
Ens interessa discernir, per exemple, si la cultura anglosaxona s’acabarà imposant com a model universal; o si la cosmovisió confuciana dels xinesos acabarà influint en la seva futura hegemonia: o si l’Islam i la democràcia són compatibles; o si Internet està configurant cibercultures i per mitjà de quins referents ho fa. La llista, evidentment, podria ser molt més llarga (…).
Tot i que ara ens pot semblar una simple anècdota, la mentalitat que va inaugurar el segle XX va néixer condicionada per l’enfonsament del Titanic l’any 1912. L’assaig més important de la primera meitat del segle XX, ‘La decadència d’Occident’, d’Oswald Spengler, està marcat per aquell naufragi que aleshores va ser llegit com el principi de la fi del positivisme, i, al capdavall, de la civilització tecnològica hereva del pensament il·lustrat. Lector apassionat d’Spengler, Peter Sloterdijk ha estat un dels autors contemporanis que millor ha recreat l’albada d’aquella mentalitat i les seves conseqüències.
Quin és, a escala mundial, el nostre Titanic? Quin és el “trauma fundacional” del segle XXI?
Òbviament, sense cap mena de dubte, l’atemptat contra les Torres Bessones de Nova York l’11 de setembre de 2001. Fixem-nos en l’especialíssima naturalesa d’ambdós esdeveniments i en les seves conseqüències en el debat d’idees: en el primer cas va revisar la trajectòria –el destí!- d’Occident; en el segon, la seva identitat (en aquest cas contraposada a la de l’Islam).
Hi ha, si més no, tres elements que impregnen la nostra nova manera de pensar el món, aquí i a qualsevol altre lloc del planeta: el fracàs de l’universalisme com a projecte polític, l’emergència de grans identitats desterritorialitzades de caràcter religiós o cultural i, en tercer lloc, el declivi de l’estat-nació westfalià en el nou context de reticularitat genèrica.
L’11-S va reforçar extraordinàriament la visió crepuscular de l’estat-nació: els Estats Units, la nació més poderosa de la terra, va ser posada contra les cordes per una antiga ONG, Al Qaida, no pas per un exèrcit nacional amb uniforme, himne i bandera. Però això no és tot. A més de la seguretat, l’estat-nació ja no pot garantir a llarg termini el proveïment de béns i serveis tan importants com les pensions de jubilació o la universalitat de l’assistència mèdica totalment gratuïta.
dissabte, 18 de novembre del 2006
La Suïssa mediterrània

Va ser el segle XVIII, ja en el marc de l’Espanya borbònica, qua la mateixa idea de la comunitat catalana va ser reedificada en clau nova. En efecte, la visiò que reemplaçà la cosmovisió catòlica anterior va ser la del “treball dels catalans”. Aquesta utopia d’una comunitat unida pels llaços del treball, més que no pas per la idea de servei de l’aristocràcia o per les virtuts d’un sistema polític particular, la podem resseguir des de la segona meitat del segle XVIII fins als anys vint del segle passat (…). Com va explicar Ernest Lluch, aquesta perspectiva alhora social i cultural va ser beneïda pels sectors eclesiàstics més perceptius i menys barrocs, per un clergat soterradament jansenista, articulador d’una espècie de calvinisme meridional (…).
Cal demanar-se per la frustració de la perspectiva de finals de segle que van concebre un jove jurista i un fabricant i mecenes gens corrent, els quals van imaginar Catalunya com una gran colònia fabril organitzada pel paternalisme dels fabricants i beneïda per l’Església. Estem parlant, es pot suposar, d’Enric Prat de la Riba i d’Eusebi Güell i Bacigalupi. Certament, la complexitat social catalana i la complicació del joc polític de la segona restauració, post-1898, no va permetre experiments d’aquell estil.
VA SER LA VISIÓ d’una comunitat nacionalista ordenada, la pròpia del noucentisme, finalment, l’alternativa més operativa a mig termini. En altres paraules, el rebaixament d’allò que havia estat una pretensió desmesurada i excessivament constructivista a una pràctica molt més modesta de ‘nation-building’: escoles, assistència i higiene, biblioteques, disciplina lingüística, esport i ciutadania, catolicisme discret però efectiu. La força d’aquella visió de la primera dècada de segle es va prolongar fins a les realitzacions de la Generalitat republicana, en el ‘noucentisme de masses’, tal com el va anomenar amb clarividència Enric Ucelay da Cal a ‘La Catalunya populista’, el millor llibre encara sobre la Catalunya anterior a 1939.
La formulació més acabada de l’horitzó col·lectiu la va oferir Francesc Macià quan va proclamar que, a la Catalunya lliure i socialment justa, tothom hi tindria “la caseta i l’hortet”. ‘Less is more!’.
El mite de 'l'estat espanyol'
JOSEP MARIA FRADERA, A 'LA RECTIFICACIÓ', 2006
Quan la radicalització nacionalista va proclamar que Catalunya era l’única nació i Espanya només un “estat” –un argument d’una extraordinària persistència al llarg del segle passat, compartit fins i tot per l’esquerra marxista dels anys seixanta-, va introduir una altra manera d’entendre les coses. Distinta i revolucionària en molts aspectes, encara que en aquell moment els portaveus més destacats fossin els sectors mesocràtics i professionals, políticament i ideològica conservadors per regla general, que van afaiçonar el catalanisme del canvi de segle.
Alterar l’ordre de prelació esmentat va tenir conseqüències radicals. Va invertir, en primer lloc, la lògica de les lleialtats. I, com a resultat, va modificar l’estructura intel·lectual i sentimental amb què generacions de catalans havien pensat les coses. Només cal meditar sobre la perspectiva general on Joan Prim, Francesc Pi i Margall o Víctor Balaguer es van situar i comparar-la amb la de les generacions posteriors al Prat de la Riba del Compendi de doctrina catalanista (1894), el text emblemàtic on s’establia per primer cop i amb rotunditat que Catalunya era l’única pàtria dels catalans.
Des d’aleshores els catalans no estimem Espanya,l’acceptem com una realitat que ens depassa i amb la qual és necessari negociar contínuament. En la mesura en què aquesta realitat es va tenyir de manera progressiva, a més, amb les enutjoses exigències de l’estat modern (fiscalitat, milícia, política partidària sovint estrident i de curta volada), d’un estat del segle XX no precisament reeixit en tants i tants aspectes (educació, molt notòriament), encara se l’estima menys. Espanya són un seguit d’obligacions que deriven d’un món sense control, Catalunya en canvi és la plasmació perfecta de la sentimentalitat prepolítica (…).
El franquisme va possibilitar el perllongament de la ficció discursiva. El seu acabament va assenyalar, per la mateixa raó, l’evaporació de les capacitats orientadores d’aquella metàfora quasi biològica: Catalunya com a nació i organisme viu, sempre a punt de desvetllar-se; Espanya com a carcassa buida, estat i poder al marge d’un cos social identificable.

